Primer capítulo de “Memoria de tonos sepia”

Primer capítulo de la reedición de “Memoria de tonos sepia”. A la venta en AMAZON

51ikSgf3mhL“Tras el alba, al caer la noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. No importa cómo sucedía, tan solo era así y así lánguidamente, quizás para que nadie lo advirtiese, o quizás porque esa era la única manera de hacerlo. Comenzaba con una fina lluvia que cedía paso a la inevitable tormenta. Algunas veces, las que menos, también nevaba, aunque era una nieve vaporosa y mágica, meciéndose suavemente de un lado a otro, resbalando por encima de las superficies para acabar en gotas de agua, como la nieve falsa de las películas.

Al caer la noche, los habitantes ya eran prisioneros, sin saberlo aún, de una prisión gigantesca de invisibles paredes. Al día siguiente el Sol volvía a iluminar la ciudad y todos volvían a las calles. Con el Sol calentándolos amablemente. Nadie hacía preguntas porque nadie se planteaba su condición, porque nadie recordaba lo sucedido y, de esa manera, nadie podía darse cuenta que la ciudad había cambiado.

Lo único cierto en aquel juego era que, cada noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. Independientemente de lo que había sucedido el día anterior o lo que sucedería al día siguiente.

La metrópoli tenía varios kilómetros de extensión tanto de este a oeste como de norte a sur, un círculo irregular limitado por montañas y ríos sin nombre. En realidad, puede que no fuese un círculo tal y como conocemos esa forma geométrica. Visto desde el aire se asemejaba más a una especie de espiral. Como uno de esos muelles que hay dentro de los relojes. Un círculo, sí, aunque también un laberinto, parecido a aquel donde Teseo dio caza al Minotauro

Al oeste de la ciudad había un grupo de rascacielos de entre los cuales destacaba uno por ser el más alto, el único que imponía su por encima de los demás. Era un edificio de hormigón y cristal al que todos llamaban El Castillo.

Al norte de la ciudad podías encontrarte con otro grupo de monótonos edificios de cemento, sin adornos, con apenas parques alrededor. Se llamaba La Colonia y era el lugar donde dormían la mayoría de los trabajadores de las fábricas que había en las afueras.

Al este, unos cuantos jardines y conjuntos de oficinas mezclados con centros comerciales.

Al sur, continuaban los edificios, quizás los más normales en una ciudad, de diferentes estilos y épocas. Y, a pesar de estar en el sur, aquel lugar era considerado como el centro de la ciudad.

Aunque esto no siempre era así. Puede que donde un día hubiese un parque, al día siguiente encontrásemos un bloque de apartamentos y al otro quizá un parque, diferente al primero, claro. Donde un día había árboles, al día siguiente veíamos coches aparcados. La gente paseaba tranquilamente por una calle y cuando volvía, transcurridas unas semanas, esa calle había cambiado, también los árboles, los coches, las tiendas, incluso las personas. Se habían derribado edificios y en su lugar había otros nuevos. Eso era común en casi todas las ciudades del país, de otros países también, aunque en el centro era la tónica diaria.

La diferencia era que en aquella ciudad el muelle permanecía tan tensado que el reloj movía sus manecillas de forma vertiginosa.

Nada permanecía. Aquí menos que en cualquier otro lugar. Y eso era necesario, era la única manera en que podía funcionar la ciudad, moviéndose y renovándose a cada día que pasaba, en cada noche donde la lluvia empapaba absolutamente todo y los edificios se intercambiaban unos con otros.

La metrópoli había sido fundada quinientos años atrás, aunque ahora apenas conservaba vestigio de ruinas o reliquias que recordase a sus habitantes lo que de dónde venían o porque estaban allí. Donde otros conservaban, alguien había escogido esconder su historia por un motivo bien simple: no había nada interesante que contar.

En la ciudad vivían casi cuatro millones de personas. Aunque al caer la noche, cuando la ciudad se vencía bajo la lluvia, cuando El Castillo apagaba todas sus luces y La Colonia dormía, uno podía jurar que se hallaba desierta, como si un virus letal hubiese acabado con todos, incluso con las plantas más resistentes.

Casi cuatro millones durmiendo en sus cómodas camas de muelles y colchones de plumas, aunque no era exactamente así.

Al día siguiente, los habitantes se movían con curiosa confusión, sin saber qué camino tomar. Todos a una, entraban y salían de los edificios para, después, volver a entrar. Conducían sus coches dando vueltas a los conjuntos de hormigón gris, una y otra vez, como si buscasen aparcamiento. Aunque no, porque lo que sucedía es que, sin caer en ello, estaban dando vueltas de la misma forma que las personas que caminaban. Incluso quien sabía dónde ir, acababa perdido antes de llegar a su destino. Alguien había decidido que siempre hubiese un puñado de personas caminando, alguien había decidido plasmar la cotidianidad como si estuviesen rodando cualquier escena de cualquier película. Todos movían sus pies para no quedarse parados. Sin rumbo. Sin iniciativa. Nada más.

No podía existir una ciudad sin habitantes, aunque fuesen habitantes como aquellos.

Quizás más allá de las montañas hubiera pequeños pueblos donde un brillante sol de dibujos animados iluminase los rostros de sus felices habitantes. Demasiado lejos, eso seguro.

Con el paso de los años, los habitantes de la metrópoli aprendieron a convivir con todo esto, sin oponer resistencia. Nadie buscaba más allá y los pocos que se atrevían a hacerlo habían vuelto, desconcertados, embrujados quizás por el canto de sirena de la lluvia golpeando el vidrio o el cemento.

A todas horas.

No cabía duda de que la ciudad tenía vida propia.

Y todos estábamos atrapados en ella.”

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