Lecturas imposibles para el verano: “La broma infinita” (David Foster Wallace)

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¿Cómo es posible que la que se considera una de las novelas cumbres del postmodernismo en el Siglo XX apenas sea conocida por unos pocos lectores? ¿Alguien conoce “La broma infinita”? ¿No? Es normal… pero respecto a los que si la conocen: ¿cómo es posible que de todos aquellos que la adoran, apenas unos pocos hayan conseguido acabarla? Vaya por delante que “La broma infinita” no es una novela fácil de leer, no porque su complejidad (en realidad es más simple de lo que parece) sino porque la historia (o historias paralelas) está contada de forma circular con lo que el lector nunca entiende que se le está contando realmente o hacia dónde va la novela (si es que va en alguna dirección). La primera impresión es la de un puñado de escenas donde se nos habla de yonkies, jugadores de tenis, colegios mayores y madres, en un universo futuro (aunque pasado), quizás distópico. El lector nunca sabe dónde está porque el autor pretende desubicarlo para que olvide lo más importante de una historia: la historia. Y sobre todo porque la historia que nos cuenta David Foster Wallace no da para las 1200 páginas de este auténtico tocho. El autor prefiere que todos esos pasajes creen una especie de confusión donde la narrativa adquiere una nueva dimensión, rodeando unos diálogos surrealistas con unas descripciones funcionales y (en ocasiones) absolutamente geniales. Todo en “La broma infinita” es diferente a cuanto hayamos leído antes porque, aunque es lo mismo, no podemos reconocerlo. La gran broma (infinita) de un escritor maldito fue hacernos creer que estamos ante “Guerra y Paz” cuando en realidad estamos ante una historia mínima alargada hasta lo imposible donde apenas nunca pasa nada importante, aunque ofrece una radiografía del ser humano tan detallada que esta novela debería estar en el apartado de “Anatomía” en la biblioteca. Y a pesar de todo esto (tan extraña como imposible de acabar), es una novela que engancha como ninguna otra. ¿El motivo? ¡Que importa! Tampoco entras a la cocina a preguntar cómo han cocinado ese maravilloso lenguado al horno: lo devoras y punto.

Es por eso mismo por lo que se convierte en mi primera recomendación de lectura para este verano del 2017. Porque no vais a poder acabarla, porque no sabréis de que va, porque os sentiréis desubicados… pero también porque os saltareis cualquier otra actividad veraniega para leer unas líneas más. Avisados quedáis.

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Escribir desde la experiencia

Tarzan-of-the-ApesHay escritores que no tienen ese tipo de vida que podriamos considerar como “interesante”, sino que permanecen anclados en ese conformismo de lo cotidiano. A pesar de ello, pueden ser escritores que fabulen después magníficas novelas que lleguen a lugares donde ellos nunca serán capaces de llegar. En el otro extremo hay escritores que crean su obra desde la verdad, desde todo lo vivido y visitado y también consiguen magnificas novelas que reflejan todo cuanto han sentido realmente. Dicen que para conocer y conocerse hay que viajar, dicen que para escribir hay que leer, dicen que para vivir hay que sufrir. Tonterías. Bueno, dicho de otra manera: chorradas.

615WItilpgL._SX322_BO1,204,203,200_Por descontado que somos aquello que vivimos. Pero no necesariamente esa vida se reflejará en mayor o menor medida en aquello que escribimos. Hay gente que viaja continuamente y es incapaz de escribir dos líneas medianamente emocionantes sobre todo cuanto han vivido. Por otro lado, las novelas que mejor han descrito la selva africana fueron escritas por Edgar Rice Burroughs quien nunca en toda su vida visitó África. ¿Acaso los psicópatas pueden describir mejor a un personaje psicópata? O dicho de otra manera: ¿Acaso Thomas Harris (autor de “El silencio de los corderos”) creó un personaje tan potente como Hannibal Lecter porque, además de escritor, era un caníbal asesino? ¿Acaso los responsables de imaginar los mundos donde transcurre la acción de la trilogía de “El señor de los anillos” o la serie de novelas de “Juego de tronos” han vivido todo cuando, cuanto, donde y como lo cuentan? Y no hablo solo de la ficción mas extrema, hablo también del drama, la comedia o un simple cuento infantil.

Que la experiencia nos haga mejores, o al menos nos regale un punto de vista diferente (por el efecto de la comparación), es un hecho indiscutible. Aunque quien crea que la experiencia es el motor del arte cae en el error de pensar que solo la experiencia, la inspiración o el talento son los elementos que distinguen lo mediocre de lo excelente.

Autores: Charles Bukowski

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A la hora de enfrentarse al Charles Bukowski autor, uno no puede evitar recordar que detrás está el Bukowski persona (o personaje): un tipo violento, machista, adictivo, misógino, egocéntrico, rudo y maleducado. Pero también una persona sensible, débil, cariñosa, divertida y un genio de la literatura. Si uno consigue abstraerse de lo que significaba la persona, se encontrará con uno de los autores más importantes de la nueva narrativa norteamericana del Siglo XX. Un poeta y novelista absolutamente magistral, con una capacidad de síntesis y un manejo de la lengua que ya querrían el resto de sus contemporáneos. Leer a Bukowski es enfrentarse a lo más elemental que hay en la literatura: el ser humano en su vertiente más desnuda y sucia (el famoso “realismo sucio”). ¿Pero podemos separar al autor su obra? Deberíamos ser capaces de hacerlo. Bukowski se expuso al mundo tal y como era: absolutamente imperfecto. Otros autores, sabedores de su imperfección, prefieren esconderse tras novelas donde otros son los imperfectos (no ellos). Por eso, incluso en la ficción, Bukowski se inventó a Hank, su alter ego. Porque Henry Chinsaki (el protagonista de casi todas sus novelas) es Charles Bukowski, de eso no cabe ninguna duda.

En 1987 el cineasta Barbet Schroeder comenzó a rodar entrevistas con Bukowski aprovechando el rodaje de “El borracho” (basada en un relato de Bukowski). Lo que iba a ser un mero divertimento (o testimonio gráfico) se convirtió en más de 64 horas de entrevista a lo largo de 3 años. Finalmente se compuso un documental de aprox. 3 horas llamado “The Charles Bukowski tapes” que podéis ver aquí mismo si os apetece. Aviso: no es plato de gusto para cualquier paladar porque Bukowski se muestra tal y como es (incluida una agresión durante una de las entrevistas a la que después se convertiría en su esposa).

Hace años leí toda la bibliografía de Bukowski, sucedió antes de saber del autor (de la persona) y sucedió en una época cuando lo políticamente correcto no era lo principal en nuestro actual pensamiento casi único. He recuperado alguno de sus libros y sigo fascinado por su prosa directa y maravillosa pero también siento cierta contradicción pues lo que Bukowski fue (o representó en su alter ego Hank) es algo que no me gusta ni como hombre ni como ser humano.

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En la cocina de mi casa tengo colgado un poema de Charles Bukowski, firmado y dibujado por él en persona. Lo guardo como la auténtica joya es, pero también lo tengo ahí para recordar lo importante de ser tan buen autor como buena persona.

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Críticas, análisis y percepciones

Habitualmente, los lectores, al finalizar un libro, tienen percepciones diferentes de cuanto han experimentado en ese viaje que comienza en el prólogo y acostumbra a finalizar en el epílogo. Ninguno de los puntos de vista (y a la vez, todos) son correctos. Como lectores, tenemos un gusto o una sensibilidad diferentes (una personalidad diferente) y es por eso, siempre defiendo que no hay libro mejor ni peor, sí que existen libros peores y mejores para nosotros, como lectores, como personas.

Lo que uno percibe como maravilloso, para otro puede resultar horrible (y viceversa). Luego está la indiferencia, claro. Esa es la peor de las críticas.

Me han hecho llegar un punto de vista que en si no se trata de una crítica, sino del análisis de lo que sucede en la novela (a modo de “comentario de texto” escolar). Leer esto ha sido de lo más interesante como escritor que he recibido pues, a veces, el lector es capaz de llegar donde el escritor no sabía que había llegado. Esto sucede porque durante la construcción de una novela, el autor construye mapas mentales con referencias a todo cuanto de real le rodea, pero también suele hacerlo de manera inconsciente, proyectado su realidad (o su visión de la realidad) en la historia. No siendo realmente consciente del “porque”, aunque lo haya.

Por eso resulta tan reconfortante leer que alguien ha llegado a conclusiones que tu habías dispuesto (de manera oculta) en la historia o que has proyectado sin darte cuenta.

Esta interpretación de “La ligereza de la grava” me parece de lo más acertada (y reveladora). Mil gracias a la autora (y felicidades por su prosa).

Os dejo la “critica” en forma de foto de la manera en que me la hicieron llegar (ojo: ¡al final del texto hay un “spoiler” de la novela!)

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Dejar un libro a medias (o abandonarlo para siempre)

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Me inquieta la idea, de algunas personas, sobre el hecho de que dejar un libro a medias (o abandonarlo para siempre) es solo comparable a la herejía de tirar un libro a la basura. O de quemar a un niño en una hoguera de Sant Joan. Vayamos por parte: talibanes en el mundo hay demasiados así que relajémonos un poco y permitámonos la laxitud en todo lo relacionado con el mundo de la literatura (atendiendo a que es un placer y todo buen placer debe carecer de normas).

Leer un libro que siempre posponemos y somos incapaces de acabar no es una tragedia. Abandonarlo para siempre, tampoco. ¿Qué problema hay con eso?

Durante toda mi vida me han recomendado libros que he sido incapaz aun de terminar. De la misma manera, yo he recomendado otros libros que han aburrido a amigos míos. ¿Qué sucede? Premisa uno: todo el mundo dice que la novela ABC es una obra maestra, aunque la realidad es que acaba resultando un auténtico coñazo que se nos atraganta en el esófago.  Y claro… ¿Quiénes somos para cuestionar la genialidad escrita y prescrita? Premisa 2: estamos disfrutando de una lectura que nos proporciona un placer infinito, algo que, de manera inconsciente, dosificamos y alargamos en el tiempo. Hay demasiadas premisas (causas y efectos) para aparcar o abandonar un libro, claro. Cada uno tiene las suyas y todas son igual de válidas. Estas dos son las mías.

Hay una teoría que dice que si un libro no nos ha enganchado en las primeras páginas (unos dicen diez páginas, otros recomiendan cincuenta), lo mejor es abandonarlo. Duele, pero hay que hacerlo, o al menos eso creo yo.

He aquí mi lista de libros a medias:

Madame Bovary (Gustave Flaubert): casi todos aseguran que es la obra que define la estructura de la novela moderna y eso, para alguien que pretenda escribir, es como la biblia para un apóstol. Creo que comencé “Madame Bovary” fuera de tiempo (o de época) y, pese a reconocer que es una gran novela, no me encontré ni, de lejos, la genialidad o las enseñanzas que pretendía. He sido incapaz de ir más allá de la página cuarenta. Ni me atrae, ni me interesa ni me enseña.

El Quijote (Cervantes): Otro ejemplo parecido al de “Madame Bovary” aunque anclado en ese problema que es la literatura antigua: intentar leer, comprender y que te guste “El Quijote” desde el siglo XX o XXI es como intentar elaborar cocina de autor en una fogata en medio del bosque. Reconozco su valor en la misma medida que reconozco que me aburre soberanamente. No he leído por completo “El Quijote” y nunca lo acabaré. ¿Merezco el destierro por ello? Posiblemente.

Bella del Señor (Albert Cohen): Intenté leerlo porque una maravillosa amiga estaba enamorada de este libro. Por desgracia, ni el libro me enamoró ni tampoco mi amiga se enamoró de mi porque emprendiese la hazaña de leer este libro. A pesar de eso, reconozco que la prosa de Cohen es prodigiosa, lástima que la constante repetición de todo lo que cuenta no me interese en absoluto. No he pasado de la página treinta.

La broma infinita (David Foster Wallace): Y, a pesar de no haberlo acabado (me quedan unas pocas páginas), sigo convencido de que es la mejor novela que nadie puede leer. ¿Por qué no lo he acabado? Es una obra maestra de más de 1200 páginas que hay que dosificar página a página como si fuese oro puro. Ojalá nunca la acabe porque eso significará que aún me quedan cosas en “La broma infinita” por descubrir. Es el mejor ejemplo de libro inacabado por puro placer.

Cincuenta sombras de Grey (E. L. James): Comencé a leerlo porque todo el mundo hablaba de él y dejé de leerlo a las quince páginas porque me parecía que había malgastado varios años de mi vida leyendo esas primeras páginas. “Cincuenta sombras de Grey” es un paso más en la mala literatura, esa literatura tramposa, vacía y que te hace creer que eres un (falso) intelectual.

La catedral del mar (Ildefonso Falcones): Un problema parecido al de “Cincuenta sombras de Grey”, esta es una novela sobrevalorada, empujada por el boca a boca y alzada a los altares por todos sin excepción. Y, a pesar de eso, es una novela que nunca consiguió engancharme, le encuentro errores por todos lados y me parece una novela mal construida. Nunca conseguí acabarla quizás porque en la comparación con “Los pilares de la tierra” de Ken Follet (a la que pretende emular) falla en todos sus aspectos. La novela de Follet está maravillosamente construida y sólidamente escrita. “La catedral del mar” es la serie Z de las novelas históricas.

El código Da Vinci (Dan Brown): Otro ejemplo de mala literatura para gente que no está acostumbrada a la buena literatura. Es una novela tramposa, con capítulos innecesarios, alargada hasta el infinito, incoherente, previsible y mal escrita. Sorprendentemente es una novela entretenida, pero tuve que dejarla porque soy incapaz de soportar un mal libro (a pesar de que pueda entretener).

No tengáis miedo de abandonar un libro por muy bueno que creáis que es o por muy bueno que os hayan dicho que es: la literatura es piel y sin piel no hay amor. Aunque claro, el amor, es siempre diferente, posiblemente lo que me enamore o desenamore a mí no serán vuestros amores ni desamores.

¿Sigo mereciendo la hoguera? Puede que sí, pero seguid mi consejo: el tiempo es demasiado valioso y hay demasiadas novelas para alargar la agonía de una mala lectura.

 

 

Primer capítulo de “Memoria de tonos sepia”

Primer capítulo de la reedición de “Memoria de tonos sepia”. A la venta en AMAZON

51ikSgf3mhL“Tras el alba, al caer la noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. No importa cómo sucedía, tan solo era así y así lánguidamente, quizás para que nadie lo advirtiese, o quizás porque esa era la única manera de hacerlo. Comenzaba con una fina lluvia que cedía paso a la inevitable tormenta. Algunas veces, las que menos, también nevaba, aunque era una nieve vaporosa y mágica, meciéndose suavemente de un lado a otro, resbalando por encima de las superficies para acabar en gotas de agua, como la nieve falsa de las películas.

Al caer la noche, los habitantes ya eran prisioneros, sin saberlo aún, de una prisión gigantesca de invisibles paredes. Al día siguiente el Sol volvía a iluminar la ciudad y todos volvían a las calles. Con el Sol calentándolos amablemente. Nadie hacía preguntas porque nadie se planteaba su condición, porque nadie recordaba lo sucedido y, de esa manera, nadie podía darse cuenta que la ciudad había cambiado.

Lo único cierto en aquel juego era que, cada noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. Independientemente de lo que había sucedido el día anterior o lo que sucedería al día siguiente.

La metrópoli tenía varios kilómetros de extensión tanto de este a oeste como de norte a sur, un círculo irregular limitado por montañas y ríos sin nombre. En realidad, puede que no fuese un círculo tal y como conocemos esa forma geométrica. Visto desde el aire se asemejaba más a una especie de espiral. Como uno de esos muelles que hay dentro de los relojes. Un círculo, sí, aunque también un laberinto, parecido a aquel donde Teseo dio caza al Minotauro

Al oeste de la ciudad había un grupo de rascacielos de entre los cuales destacaba uno por ser el más alto, el único que imponía su por encima de los demás. Era un edificio de hormigón y cristal al que todos llamaban El Castillo.

Al norte de la ciudad podías encontrarte con otro grupo de monótonos edificios de cemento, sin adornos, con apenas parques alrededor. Se llamaba La Colonia y era el lugar donde dormían la mayoría de los trabajadores de las fábricas que había en las afueras.

Al este, unos cuantos jardines y conjuntos de oficinas mezclados con centros comerciales.

Al sur, continuaban los edificios, quizás los más normales en una ciudad, de diferentes estilos y épocas. Y, a pesar de estar en el sur, aquel lugar era considerado como el centro de la ciudad.

Aunque esto no siempre era así. Puede que donde un día hubiese un parque, al día siguiente encontrásemos un bloque de apartamentos y al otro quizá un parque, diferente al primero, claro. Donde un día había árboles, al día siguiente veíamos coches aparcados. La gente paseaba tranquilamente por una calle y cuando volvía, transcurridas unas semanas, esa calle había cambiado, también los árboles, los coches, las tiendas, incluso las personas. Se habían derribado edificios y en su lugar había otros nuevos. Eso era común en casi todas las ciudades del país, de otros países también, aunque en el centro era la tónica diaria.

La diferencia era que en aquella ciudad el muelle permanecía tan tensado que el reloj movía sus manecillas de forma vertiginosa.

Nada permanecía. Aquí menos que en cualquier otro lugar. Y eso era necesario, era la única manera en que podía funcionar la ciudad, moviéndose y renovándose a cada día que pasaba, en cada noche donde la lluvia empapaba absolutamente todo y los edificios se intercambiaban unos con otros.

La metrópoli había sido fundada quinientos años atrás, aunque ahora apenas conservaba vestigio de ruinas o reliquias que recordase a sus habitantes lo que de dónde venían o porque estaban allí. Donde otros conservaban, alguien había escogido esconder su historia por un motivo bien simple: no había nada interesante que contar.

En la ciudad vivían casi cuatro millones de personas. Aunque al caer la noche, cuando la ciudad se vencía bajo la lluvia, cuando El Castillo apagaba todas sus luces y La Colonia dormía, uno podía jurar que se hallaba desierta, como si un virus letal hubiese acabado con todos, incluso con las plantas más resistentes.

Casi cuatro millones durmiendo en sus cómodas camas de muelles y colchones de plumas, aunque no era exactamente así.

Al día siguiente, los habitantes se movían con curiosa confusión, sin saber qué camino tomar. Todos a una, entraban y salían de los edificios para, después, volver a entrar. Conducían sus coches dando vueltas a los conjuntos de hormigón gris, una y otra vez, como si buscasen aparcamiento. Aunque no, porque lo que sucedía es que, sin caer en ello, estaban dando vueltas de la misma forma que las personas que caminaban. Incluso quien sabía dónde ir, acababa perdido antes de llegar a su destino. Alguien había decidido que siempre hubiese un puñado de personas caminando, alguien había decidido plasmar la cotidianidad como si estuviesen rodando cualquier escena de cualquier película. Todos movían sus pies para no quedarse parados. Sin rumbo. Sin iniciativa. Nada más.

No podía existir una ciudad sin habitantes, aunque fuesen habitantes como aquellos.

Quizás más allá de las montañas hubiera pequeños pueblos donde un brillante sol de dibujos animados iluminase los rostros de sus felices habitantes. Demasiado lejos, eso seguro.

Con el paso de los años, los habitantes de la metrópoli aprendieron a convivir con todo esto, sin oponer resistencia. Nadie buscaba más allá y los pocos que se atrevían a hacerlo habían vuelto, desconcertados, embrujados quizás por el canto de sirena de la lluvia golpeando el vidrio o el cemento.

A todas horas.

No cabía duda de que la ciudad tenía vida propia.

Y todos estábamos atrapados en ella.”

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