Dejar un libro a medias (o abandonarlo para siempre)

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Me inquieta la idea, de algunas personas, sobre el hecho de que dejar un libro a medias (o abandonarlo para siempre) es solo comparable a la herejía de tirar un libro a la basura. O de quemar a un niño en una hoguera de Sant Joan. Vayamos por parte: talibanes en el mundo hay demasiados así que relajémonos un poco y permitámonos la laxitud en todo lo relacionado con el mundo de la literatura (atendiendo a que es un placer y todo buen placer debe carecer de normas).

Leer un libro que siempre posponemos y somos incapaces de acabar no es una tragedia. Abandonarlo para siempre, tampoco. ¿Qué problema hay con eso?

Durante toda mi vida me han recomendado libros que he sido incapaz aun de terminar. De la misma manera, yo he recomendado otros libros que han aburrido a amigos míos. ¿Qué sucede? Premisa uno: todo el mundo dice que la novela ABC es una obra maestra, aunque la realidad es que acaba resultando un auténtico coñazo que se nos atraganta en el esófago.  Y claro… ¿Quiénes somos para cuestionar la genialidad escrita y prescrita? Premisa 2: estamos disfrutando de una lectura que nos proporciona un placer infinito, algo que, de manera inconsciente, dosificamos y alargamos en el tiempo. Hay demasiadas premisas (causas y efectos) para aparcar o abandonar un libro, claro. Cada uno tiene las suyas y todas son igual de válidas. Estas dos son las mías.

Hay una teoría que dice que si un libro no nos ha enganchado en las primeras páginas (unos dicen diez páginas, otros recomiendan cincuenta), lo mejor es abandonarlo. Duele, pero hay que hacerlo, o al menos eso creo yo.

He aquí mi lista de libros a medias:

Madame Bovary (Gustave Flaubert): casi todos aseguran que es la obra que define la estructura de la novela moderna y eso, para alguien que pretenda escribir, es como la biblia para un apóstol. Creo que comencé “Madame Bovary” fuera de tiempo (o de época) y, pese a reconocer que es una gran novela, no me encontré ni, de lejos, la genialidad o las enseñanzas que pretendía. He sido incapaz de ir más allá de la página cuarenta. Ni me atrae, ni me interesa ni me enseña.

El Quijote (Cervantes): Otro ejemplo parecido al de “Madame Bovary” aunque anclado en ese problema que es la literatura antigua: intentar leer, comprender y que te guste “El Quijote” desde el siglo XX o XXI es como intentar elaborar cocina de autor en una fogata en medio del bosque. Reconozco su valor en la misma medida que reconozco que me aburre soberanamente. No he leído por completo “El Quijote” y nunca lo acabaré. ¿Merezco el destierro por ello? Posiblemente.

Bella del Señor (Albert Cohen): Intenté leerlo porque una maravillosa amiga estaba enamorada de este libro. Por desgracia, ni el libro me enamoró ni tampoco mi amiga se enamoró de mi porque emprendiese la hazaña de leer este libro. A pesar de eso, reconozco que la prosa de Cohen es prodigiosa, lástima que la constante repetición de todo lo que cuenta no me interese en absoluto. No he pasado de la página treinta.

La broma infinita (David Foster Wallace): Y, a pesar de no haberlo acabado (me quedan unas pocas páginas), sigo convencido de que es la mejor novela que nadie puede leer. ¿Por qué no lo he acabado? Es una obra maestra de más de 1200 páginas que hay que dosificar página a página como si fuese oro puro. Ojalá nunca la acabe porque eso significará que aún me quedan cosas en “La broma infinita” por descubrir. Es el mejor ejemplo de libro inacabado por puro placer.

Cincuenta sombras de Grey (E. L. James): Comencé a leerlo porque todo el mundo hablaba de él y dejé de leerlo a las quince páginas porque me parecía que había malgastado varios años de mi vida leyendo esas primeras páginas. “Cincuenta sombras de Grey” es un paso más en la mala literatura, esa literatura tramposa, vacía y que te hace creer que eres un (falso) intelectual.

La catedral del mar (Ildefonso Falcones): Un problema parecido al de “Cincuenta sombras de Grey”, esta es una novela sobrevalorada, empujada por el boca a boca y alzada a los altares por todos sin excepción. Y, a pesar de eso, es una novela que nunca consiguió engancharme, le encuentro errores por todos lados y me parece una novela mal construida. Nunca conseguí acabarla quizás porque en la comparación con “Los pilares de la tierra” de Ken Follet (a la que pretende emular) falla en todos sus aspectos. La novela de Follet está maravillosamente construida y sólidamente escrita. “La catedral del mar” es la serie Z de las novelas históricas.

El código Da Vinci (Dan Brown): Otro ejemplo de mala literatura para gente que no está acostumbrada a la buena literatura. Es una novela tramposa, con capítulos innecesarios, alargada hasta el infinito, incoherente, previsible y mal escrita. Sorprendentemente es una novela entretenida, pero tuve que dejarla porque soy incapaz de soportar un mal libro (a pesar de que pueda entretener).

No tengáis miedo de abandonar un libro por muy bueno que creáis que es o por muy bueno que os hayan dicho que es: la literatura es piel y sin piel no hay amor. Aunque claro, el amor, es siempre diferente, posiblemente lo que me enamore o desenamore a mí no serán vuestros amores ni desamores.

¿Sigo mereciendo la hoguera? Puede que sí, pero seguid mi consejo: el tiempo es demasiado valioso y hay demasiadas novelas para alargar la agonía de una mala lectura.

 

 

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Primer capítulo de “Memoria de tonos sepia”

Primer capítulo de la reedición de “Memoria de tonos sepia”. A la venta en AMAZON

51ikSgf3mhL“Tras el alba, al caer la noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. No importa cómo sucedía, tan solo era así y así lánguidamente, quizás para que nadie lo advirtiese, o quizás porque esa era la única manera de hacerlo. Comenzaba con una fina lluvia que cedía paso a la inevitable tormenta. Algunas veces, las que menos, también nevaba, aunque era una nieve vaporosa y mágica, meciéndose suavemente de un lado a otro, resbalando por encima de las superficies para acabar en gotas de agua, como la nieve falsa de las películas.

Al caer la noche, los habitantes ya eran prisioneros, sin saberlo aún, de una prisión gigantesca de invisibles paredes. Al día siguiente el Sol volvía a iluminar la ciudad y todos volvían a las calles. Con el Sol calentándolos amablemente. Nadie hacía preguntas porque nadie se planteaba su condición, porque nadie recordaba lo sucedido y, de esa manera, nadie podía darse cuenta que la ciudad había cambiado.

Lo único cierto en aquel juego era que, cada noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. Independientemente de lo que había sucedido el día anterior o lo que sucedería al día siguiente.

La metrópoli tenía varios kilómetros de extensión tanto de este a oeste como de norte a sur, un círculo irregular limitado por montañas y ríos sin nombre. En realidad, puede que no fuese un círculo tal y como conocemos esa forma geométrica. Visto desde el aire se asemejaba más a una especie de espiral. Como uno de esos muelles que hay dentro de los relojes. Un círculo, sí, aunque también un laberinto, parecido a aquel donde Teseo dio caza al Minotauro

Al oeste de la ciudad había un grupo de rascacielos de entre los cuales destacaba uno por ser el más alto, el único que imponía su por encima de los demás. Era un edificio de hormigón y cristal al que todos llamaban El Castillo.

Al norte de la ciudad podías encontrarte con otro grupo de monótonos edificios de cemento, sin adornos, con apenas parques alrededor. Se llamaba La Colonia y era el lugar donde dormían la mayoría de los trabajadores de las fábricas que había en las afueras.

Al este, unos cuantos jardines y conjuntos de oficinas mezclados con centros comerciales.

Al sur, continuaban los edificios, quizás los más normales en una ciudad, de diferentes estilos y épocas. Y, a pesar de estar en el sur, aquel lugar era considerado como el centro de la ciudad.

Aunque esto no siempre era así. Puede que donde un día hubiese un parque, al día siguiente encontrásemos un bloque de apartamentos y al otro quizá un parque, diferente al primero, claro. Donde un día había árboles, al día siguiente veíamos coches aparcados. La gente paseaba tranquilamente por una calle y cuando volvía, transcurridas unas semanas, esa calle había cambiado, también los árboles, los coches, las tiendas, incluso las personas. Se habían derribado edificios y en su lugar había otros nuevos. Eso era común en casi todas las ciudades del país, de otros países también, aunque en el centro era la tónica diaria.

La diferencia era que en aquella ciudad el muelle permanecía tan tensado que el reloj movía sus manecillas de forma vertiginosa.

Nada permanecía. Aquí menos que en cualquier otro lugar. Y eso era necesario, era la única manera en que podía funcionar la ciudad, moviéndose y renovándose a cada día que pasaba, en cada noche donde la lluvia empapaba absolutamente todo y los edificios se intercambiaban unos con otros.

La metrópoli había sido fundada quinientos años atrás, aunque ahora apenas conservaba vestigio de ruinas o reliquias que recordase a sus habitantes lo que de dónde venían o porque estaban allí. Donde otros conservaban, alguien había escogido esconder su historia por un motivo bien simple: no había nada interesante que contar.

En la ciudad vivían casi cuatro millones de personas. Aunque al caer la noche, cuando la ciudad se vencía bajo la lluvia, cuando El Castillo apagaba todas sus luces y La Colonia dormía, uno podía jurar que se hallaba desierta, como si un virus letal hubiese acabado con todos, incluso con las plantas más resistentes.

Casi cuatro millones durmiendo en sus cómodas camas de muelles y colchones de plumas, aunque no era exactamente así.

Al día siguiente, los habitantes se movían con curiosa confusión, sin saber qué camino tomar. Todos a una, entraban y salían de los edificios para, después, volver a entrar. Conducían sus coches dando vueltas a los conjuntos de hormigón gris, una y otra vez, como si buscasen aparcamiento. Aunque no, porque lo que sucedía es que, sin caer en ello, estaban dando vueltas de la misma forma que las personas que caminaban. Incluso quien sabía dónde ir, acababa perdido antes de llegar a su destino. Alguien había decidido que siempre hubiese un puñado de personas caminando, alguien había decidido plasmar la cotidianidad como si estuviesen rodando cualquier escena de cualquier película. Todos movían sus pies para no quedarse parados. Sin rumbo. Sin iniciativa. Nada más.

No podía existir una ciudad sin habitantes, aunque fuesen habitantes como aquellos.

Quizás más allá de las montañas hubiera pequeños pueblos donde un brillante sol de dibujos animados iluminase los rostros de sus felices habitantes. Demasiado lejos, eso seguro.

Con el paso de los años, los habitantes de la metrópoli aprendieron a convivir con todo esto, sin oponer resistencia. Nadie buscaba más allá y los pocos que se atrevían a hacerlo habían vuelto, desconcertados, embrujados quizás por el canto de sirena de la lluvia golpeando el vidrio o el cemento.

A todas horas.

No cabía duda de que la ciudad tenía vida propia.

Y todos estábamos atrapados en ella.”

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Reedición de “Memoria de tonos sepia”

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Reedición de “Memoria de tonos sepia”, una novela que escribí en el 2007 y publiqué (de forma experimental en la editorial LULU de autoediciones) allá por un lejano 2008. Esta segunda edición está aumentada y corregida (ha pasado de las 45.000 a las casi 60.000 palabras) aunque sigue manteniendo la estructura de novela corta (que suele ir de las 20.000 a las 70.000 palabras).

Se trata de una novela de misterio en el sentido clásico (o un thriller en el sentido cinematográfico) donde se plantea un juego donde el lector se ha de dejar llevar por el autor por un camino (que no es obvio) y que le ayude a comprender cuál es el juego que esconde ese otro juego literario. La mejor definición sería definirla como una novela sobre juegos (y juguetes). También una novela “física” donde la ciudad es un elemento más (en realidad la ciudad es el protagonista principal) y donde todo es tangible: el dolor, la lluvia, las dudas… ¿Qué sucedería si un día despiertas en un lugar que no conoces, tampoco recuerdas quien eres y además, de repente, te das cuenta que algunos de los habitantes de la ciudad parecen estar jugando contigo?

“Memoria de tonos sepia” está estructurada en capítulos cortos (a modo de escenas cinematográficas o capítulos televisivos) donde las historias se cruzan tejiendo un thriller que, poco a poco, el lector comienza a comprender en toda su magnitud (cada capítulo esconde una frase o una palabra que ayuda en la comprensión del argumento). Aunque tampoco es una novela que requiera de un esfuerzo por parte del lector pues, de no hallar las pistas, encontrará algunas explicaciones en el último tramo del relato.

Personalmente considero esta novela una especie de thriller visual (y algo retorcido), es una novela negra, aunque no en el sentido exacto (a pesar de compartir escenarios comunes) donde propongo al lector un misterio que debe resolver al mismo tiempo que los protagonistas: el lector nunca va por delante de los personajes, dispone de la misma información que ellos, no obstante, al tener la visión de todos los personajes, puede encontrar una solución

Sinopsis: La acción de esta novela transcurre en una oscura ciudad, en el comienzo de un frio invierno. Varias personas despiertan sin memoria, en escenarios diferentes, lo que solo puede significar que el juego ha comenzado de nuevo. Una historia de falsas apariencias, una excusa para continuar jugando proporcionando al lector pistas que deberá unir para descubrir la imagen que esconde este complejo rompecabezas.

La podéis comprar en AMAZON tanto en versión impresa (11,86 €) como en digital (4 €). ¡Espero que os guste!

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De la novela al cine

El lenguaje cinematográfico y el lenguaje literario son, por características propias, lenguajes diferentes, casi estancos, impermeables y con sus respectivos pros y contras. Aunque, no obstante, seguimos comparándolos como si se tratasen de un mismo (o parecido) lenguaje. ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de “la novela es mejor que la película” o a espectadores quejándose amargamente porque la película no contiene algunos de los pasajes que más les gustaron de la novela?

Porque, como consecuencia de ser lenguajes diferentes, también tienen “tempos” diferentes. Una novela llevada de forma “literal” al cine, además de ser incompleta, sería incomprensible, duraría horas… y, aunque hiciésemos justicia al libro, jamás le haríamos la justicia que merece. Sencillamente, es como si alguien que no sepa hablar ruso pretende leer “Guerra y Paz” en el idioma en el que fue escrito originalmente. La adaptación de una novela al cine exige eliminar capítulos, personajes, incluso transformar la trama, aligerar los diálogos… quedarse con la esencia, sin más.

El cineasta Alex De La Iglesia dice al respecto; “al principio sientes veneración por la obra y te obsesionas con ser fiel, pero en una segunda fase le tienes que perder el respeto y tener la libertad necesaria para hacer la película como si no existiera la novela”. Y esa es la clave, olvidar la estructura literaria. El novelista Javier Marías dice “”El planteamiento suele ser cómo empequeñecer la obra, cómo reducir y, por tanto, es un empobrecimiento. Eso no quiere decir que las películas adaptadas sean peores; a veces es al revés: de una novela mediocre sale una gran película. De lo que sí soy partidario es de que se guarde fidelidad al espíritu de la obra literaria. Pero eso es algo evanescente y, ¿quién lo define? Quizás los propios autores. Yo creo que al cabo del tiempo se olvidan los argumentos, pero lo que quizás permanece es una especie de clima, una atmósfera”. De nuevo, olvidar todas y cada una de las páginas de la novela y quedarse tan solo con su espíritu.

Traicionar al escritor y a su obra, por supuesto. Esa es la única manera.

Además de que ninguna novela puede ser adaptada al cine con el mismo lenguaje con el que fue creada, existen otras novelas que son imposibles de adaptar (por muchas vueltas de tuerca que les des). Sería un suicidio intentar adaptar al cine novelas como “La broma infinita” o “El guardián entre el centeno”. Los libros complejos, sin un argumento definido o con profusión de dialogo interior nunca podrán trasladarse a imágenes. El espectador necesita un argumento sin decenas de subtramas, necesita diálogos diferentes a los literarios (más agiles), el espectador del cine nunca accederá al dialogo interior de los personajes de las novelas y, además, a diferencia de la novela, en la gran pantalla todo debe resultar más realista (porque es más visual).

Mientras en una novela podemos hacer que un personaje pase de A a Z sin demasiados pasos (gracias al dialogo interno), en el cine para que un personaje vaya de A a Z ha de pasar por la B, la C, la D… etc. y, además, lo hemos de ver.

Pese a ello, continúan adaptando novelas al cine porque el esqueleto de la novela (aquello que cuenta, no como lo cuenta) es una historia atractiva y también porque adaptar una novela que ha tenido un gran número de lectores te regala miles de potenciales (y predispuestos) espectadores.

La próxima vez que veis la adaptación en el cine de una novela que hayáis leído recordad siempre: son cosas diferentes, son productos diferentes, incluso historias diferentes…

Una curiosidad: el personaje con más películas en la historia del cine no es invención de ningún guionista, ni un personaje histórico. Irónicamente se trata de un personaje literario: Sherlock Holmes (las novelas de Arthur Conan Doyle sobre el detective se han adaptado al cine en 207 ocasiones). ¿Por qué? La respuesta es fácil: las novelas de Sherlock Holmes, además de rabiosamente entretenidas, tienen un narrador (Holmes) que convierte al lector en espectador.

Autores favoritos (2)

Continuo con la lista de mis autores favoritos, aunque esta no es una lista de los mejores autores de la literatura, tampoco los que creo que son mejores. La subjetividad es mala compañera de las listas. Por eso, mi lista de autores favoritos es solo eso, una lista personal de los autores que más placer me causan. Vosotros tenéis vuestras listas, otros tendrán otras listas, y ni tan siquiera sumando esas listas obtendríamos “la lista”.

De todas formas, os recomiendo un libro titulado “1001 libros que hay que leer antes de morir” donde (quizás) algunas de las novelas que menciona pueden resultar una (agradable) sorpresa. De todas formas, huid de esa lista, de mi lista, huid de cualquier lista. Solo hay una lista correcta: la vuestra, esa misma que nace de la subjetividad.

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Josep Pla, porque resulta curioso que alguien que solo ha escrito una o dos novelas (“El quadern gris” o “El carrer estret“) tenga una de las obras más extensas, literariamente perfectas y modernas que existen. Es difícil poner a Pla en cualquier lista de novelistas preferidos porque no es un novelista en el sentido más estricto de la palabra. Es, con toda seguridad, el escritor que mejor ha sabido encontrar los adjetivos adecuados para cada momento. Un observador, un payés de pueblo, un abosluto genio.

Richard Matheson, porque, a pesar de ser un novelista comercial e infravalorado, ha escrito una de las obras cumbre de la literatura en la forma de esa genialidad titulada “Soy leyenda”. Matheson escribía novelas de terror, de ciencia ficción y, además, era guionista de “La dimensión desconocida”. Matheson es el autor de clásicos como “El hombre menguante”, “El último escalón”, “La casa infernal”, “En algún lugar del tiempo”, “Más allá de los sueños” y de muchas otras novelas o relatos que habéis visto adaptadas al cine sin saber a quién pertenecían. Un maestro de la narración, del argumento y un artista en darle una vuelta de tuerca más de lo necesario sin que lo parezca. Un autor adictivo como pocos.

Road Dahl, porque, simplemente, es uno de los novelistas más divertidos, entretenidos, tiernos u ocurrentes que uno pueda encontrar. Quizás su técnica esté acartonada y no sorprenda, pero sus historias (tanto para niños como para adultos) tienen esqueletos argumentales simplemente geniales. Road Dahl es la demostración de lo que un buen argumento puede hacer por un libro (el fondo por encima de la forma).

G.K. Chesterton, porque, más allá de ser conocido por sus novelas del Padre Brown, es uno de los autores más descacharrantes, originales y literariamente retorcidos que existe. Es como juntar a los Monty Pyhton con Robert Graves y echarle unas gotas de la encíclica vaticana. Un coctel que nadie debería perderse. Es, sin lugar a dudas, el precedente de todos esos autores ingleses que bordan la ironía sin pestañear (como R. Y estamos hablando de un hombre que empezó a publicar en el siglo XIX. Un adelantado a su época que nunca pasa de moda (como Josep Pla).

(continuará)