Cómo escribir una novela: caos o planificación

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Ayer mismo charlaba con una persona quien también escribe (y publica), debatiendo sobre los mecanismos que nos llevan a construir una novela y el cómo. Fue una charla enriquecedora, aunque ahora me doy cuenta de que acabó convirtiéndose en un egocéntrico monólogo por mi parte. Solucionaré eso. Durante mi monólogo surgió el interesante tema de cómo construir una historia, el detonante de la dinamita. Yo defiendo que todos sabemos escribir pero que pocos saben contar una historia, o no tienen una historia que contar. Cuando tienes una historia, una imagen o un motivo, es cuando puedes comenzar a construir una novela. Otra cosa es el desarrollo que, en mi caso, representa el caos mas absoluto: escribo como si el último grumete se hubiese hecho cargo del timón de un transatlántico, a toda máquina, chocando con las rocas y sin rumbo fijo, convirtiendo el caos en imprudente rutina. Soy incapaz de escribir con un guion definido, permito que los personajes sorprendan al autor y no sea el autor quien pretende sorprender al lector a través de los personajes. Si no te diviertes escribiendo, nunca divertirás a quienes te leen y el grumete cree que es más divertido forzar las máquinas y chocar con las rocas que navegar de manera lógica como enseñan en las academias.

Mi caos comienza con una imagen, no con una idea, Las ideas me condicionan, pero las imágenes me permiten girar en cada recodo. Mi novela “Memoria de tonos sepia” comenzó con la imagen de alguien que se despierta en una habitación sin recordar quien es, pero con una sensación de peligro constante, esa imagen desembocó en una trama que se creaba día a día, sin guion previo, lo cual significo más de cincuenta reescrituras para conseguir que la trama no tuviese ni una sola fisura que hiciese que el transatlántico acabase en el fondo del océano. Mi novela “La ligereza de la grava” comenzó con la idea de una persona en lo alto de un puente, dispuesto a suicidarse por el simple hecho que lo tiene todo y, como consecuencia, ha perdido toda ambición. Iba a ser una novela dramática, pero, de repente, empezaron a surgir personajes que hicieron que la novela acabase bordeando el humor más negro y surrealista de una forma que nunca hubiese imaginado. Mi novela “Antropoides” nació de la imagen de la última cena de dos amantes en un restaurante, el resto iba naciendo poco a poco, también sin una idea fija ni un leitmotiv sobre el que girar.

La persona con quien estaba charlando decía que ella necesita contar algo, necesita una idea sobre la que construir. Estoy convencido que esa debería ser la manera de escribir una novela, pero yo soy incapaz porque construir de manera lógica una novela como quien construye una casa, me aburre. Y no digo que quien lo hace sea aburrido o escriba novela aburridas, todo lo contrario. El caso es que yo prefiero no conocer el destino, también prefiero que esa primera imagen (que no es un concepto en si mismo) devenga en otras imágenes que acaban creando una historia. En el momento de la reescritura es cuando das una coherencia al conjunto (todas esas imágenes) forzando una lógica narrativa que no tuvo en la primera escritura. Entiendo que escribir de esta manera es un caos. Lo es, en efecto. Pero con el paso del tiempo he descubierto que escribo para divertirme y esta es la única manera en que me divierte escribir.

Mi manera caótica de escribir no significa que sea la mejor. No lo es, en realidad. Y el hecho de que me aburra seguir una pauta no significa que quien escribe de manera planificada sea o cree novelas aburridas. En realidad, poco importa como llegas a esa novela ya que el lector desconoce cómo se ha gestado. El lector sostiene entre sus manos una consecuencia y si el libro es bueno, poco le importa cómo se ha construido.

Que cada uno escriba como le de la gana, olvidad los talleres de literatura donde os enseñan a conducir una novela como se conduce un coche, evitad los prejuicios sobre si escribir una novela de manera caótica es una chapuza. Si escribís de manera planificada tampoco os preocupéis. Lo hagáis como lo hagáis, aunque no publiquéis, os divertiréis escribiendo y ese es el auténtico objetivo de todo escritor: disfrutar de la escritura porque es la única manera de hacer disfrutar a los demás, si llega el momento.

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Primer capítulo de “Memoria de tonos sepia”

Primer capítulo de la reedición de “Memoria de tonos sepia”. A la venta en AMAZON

51ikSgf3mhL“Tras el alba, al caer la noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. No importa cómo sucedía, tan solo era así y así lánguidamente, quizás para que nadie lo advirtiese, o quizás porque esa era la única manera de hacerlo. Comenzaba con una fina lluvia que cedía paso a la inevitable tormenta. Algunas veces, las que menos, también nevaba, aunque era una nieve vaporosa y mágica, meciéndose suavemente de un lado a otro, resbalando por encima de las superficies para acabar en gotas de agua, como la nieve falsa de las películas.

Al caer la noche, los habitantes ya eran prisioneros, sin saberlo aún, de una prisión gigantesca de invisibles paredes. Al día siguiente el Sol volvía a iluminar la ciudad y todos volvían a las calles. Con el Sol calentándolos amablemente. Nadie hacía preguntas porque nadie se planteaba su condición, porque nadie recordaba lo sucedido y, de esa manera, nadie podía darse cuenta que la ciudad había cambiado.

Lo único cierto en aquel juego era que, cada noche, la ciudad se cerraba sobre sí misma, una y otra vez. Independientemente de lo que había sucedido el día anterior o lo que sucedería al día siguiente.

La metrópoli tenía varios kilómetros de extensión tanto de este a oeste como de norte a sur, un círculo irregular limitado por montañas y ríos sin nombre. En realidad, puede que no fuese un círculo tal y como conocemos esa forma geométrica. Visto desde el aire se asemejaba más a una especie de espiral. Como uno de esos muelles que hay dentro de los relojes. Un círculo, sí, aunque también un laberinto, parecido a aquel donde Teseo dio caza al Minotauro

Al oeste de la ciudad había un grupo de rascacielos de entre los cuales destacaba uno por ser el más alto, el único que imponía su por encima de los demás. Era un edificio de hormigón y cristal al que todos llamaban El Castillo.

Al norte de la ciudad podías encontrarte con otro grupo de monótonos edificios de cemento, sin adornos, con apenas parques alrededor. Se llamaba La Colonia y era el lugar donde dormían la mayoría de los trabajadores de las fábricas que había en las afueras.

Al este, unos cuantos jardines y conjuntos de oficinas mezclados con centros comerciales.

Al sur, continuaban los edificios, quizás los más normales en una ciudad, de diferentes estilos y épocas. Y, a pesar de estar en el sur, aquel lugar era considerado como el centro de la ciudad.

Aunque esto no siempre era así. Puede que donde un día hubiese un parque, al día siguiente encontrásemos un bloque de apartamentos y al otro quizá un parque, diferente al primero, claro. Donde un día había árboles, al día siguiente veíamos coches aparcados. La gente paseaba tranquilamente por una calle y cuando volvía, transcurridas unas semanas, esa calle había cambiado, también los árboles, los coches, las tiendas, incluso las personas. Se habían derribado edificios y en su lugar había otros nuevos. Eso era común en casi todas las ciudades del país, de otros países también, aunque en el centro era la tónica diaria.

La diferencia era que en aquella ciudad el muelle permanecía tan tensado que el reloj movía sus manecillas de forma vertiginosa.

Nada permanecía. Aquí menos que en cualquier otro lugar. Y eso era necesario, era la única manera en que podía funcionar la ciudad, moviéndose y renovándose a cada día que pasaba, en cada noche donde la lluvia empapaba absolutamente todo y los edificios se intercambiaban unos con otros.

La metrópoli había sido fundada quinientos años atrás, aunque ahora apenas conservaba vestigio de ruinas o reliquias que recordase a sus habitantes lo que de dónde venían o porque estaban allí. Donde otros conservaban, alguien había escogido esconder su historia por un motivo bien simple: no había nada interesante que contar.

En la ciudad vivían casi cuatro millones de personas. Aunque al caer la noche, cuando la ciudad se vencía bajo la lluvia, cuando El Castillo apagaba todas sus luces y La Colonia dormía, uno podía jurar que se hallaba desierta, como si un virus letal hubiese acabado con todos, incluso con las plantas más resistentes.

Casi cuatro millones durmiendo en sus cómodas camas de muelles y colchones de plumas, aunque no era exactamente así.

Al día siguiente, los habitantes se movían con curiosa confusión, sin saber qué camino tomar. Todos a una, entraban y salían de los edificios para, después, volver a entrar. Conducían sus coches dando vueltas a los conjuntos de hormigón gris, una y otra vez, como si buscasen aparcamiento. Aunque no, porque lo que sucedía es que, sin caer en ello, estaban dando vueltas de la misma forma que las personas que caminaban. Incluso quien sabía dónde ir, acababa perdido antes de llegar a su destino. Alguien había decidido que siempre hubiese un puñado de personas caminando, alguien había decidido plasmar la cotidianidad como si estuviesen rodando cualquier escena de cualquier película. Todos movían sus pies para no quedarse parados. Sin rumbo. Sin iniciativa. Nada más.

No podía existir una ciudad sin habitantes, aunque fuesen habitantes como aquellos.

Quizás más allá de las montañas hubiera pequeños pueblos donde un brillante sol de dibujos animados iluminase los rostros de sus felices habitantes. Demasiado lejos, eso seguro.

Con el paso de los años, los habitantes de la metrópoli aprendieron a convivir con todo esto, sin oponer resistencia. Nadie buscaba más allá y los pocos que se atrevían a hacerlo habían vuelto, desconcertados, embrujados quizás por el canto de sirena de la lluvia golpeando el vidrio o el cemento.

A todas horas.

No cabía duda de que la ciudad tenía vida propia.

Y todos estábamos atrapados en ella.”

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Reedición de “Memoria de tonos sepia”

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Reedición de “Memoria de tonos sepia”, una novela que escribí en el 2007 y publiqué (de forma experimental en la editorial LULU de autoediciones) allá por un lejano 2008. Esta segunda edición está aumentada y corregida (ha pasado de las 45.000 a las casi 60.000 palabras) aunque sigue manteniendo la estructura de novela corta (que suele ir de las 20.000 a las 70.000 palabras).

Se trata de una novela de misterio en el sentido clásico (o un thriller en el sentido cinematográfico) donde se plantea un juego donde el lector se ha de dejar llevar por el autor por un camino (que no es obvio) y que le ayude a comprender cuál es el juego que esconde ese otro juego literario. La mejor definición sería definirla como una novela sobre juegos (y juguetes). También una novela “física” donde la ciudad es un elemento más (en realidad la ciudad es el protagonista principal) y donde todo es tangible: el dolor, la lluvia, las dudas… ¿Qué sucedería si un día despiertas en un lugar que no conoces, tampoco recuerdas quien eres y además, de repente, te das cuenta que algunos de los habitantes de la ciudad parecen estar jugando contigo?

“Memoria de tonos sepia” está estructurada en capítulos cortos (a modo de escenas cinematográficas o capítulos televisivos) donde las historias se cruzan tejiendo un thriller que, poco a poco, el lector comienza a comprender en toda su magnitud (cada capítulo esconde una frase o una palabra que ayuda en la comprensión del argumento). Aunque tampoco es una novela que requiera de un esfuerzo por parte del lector pues, de no hallar las pistas, encontrará algunas explicaciones en el último tramo del relato.

Personalmente considero esta novela una especie de thriller visual (y algo retorcido), es una novela negra, aunque no en el sentido exacto (a pesar de compartir escenarios comunes) donde propongo al lector un misterio que debe resolver al mismo tiempo que los protagonistas: el lector nunca va por delante de los personajes, dispone de la misma información que ellos, no obstante, al tener la visión de todos los personajes, puede encontrar una solución

Sinopsis: La acción de esta novela transcurre en una oscura ciudad, en el comienzo de un frio invierno. Varias personas despiertan sin memoria, en escenarios diferentes, lo que solo puede significar que el juego ha comenzado de nuevo. Una historia de falsas apariencias, una excusa para continuar jugando proporcionando al lector pistas que deberá unir para descubrir la imagen que esconde este complejo rompecabezas.

La podéis comprar en AMAZON tanto en versión impresa (11,86 €) como en digital (4 €). ¡Espero que os guste!

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