Lecturas imposibles para el verano: “American Gods” (Neil Gaiman)

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El propósito de todo texto debería concentrarse en la transmisión de eso que llamamos “información”. Aunque también puede tratarse de un texto que expresa una emoción pasajera que no queremos que se pierda en el tiempo, escribimos para transmitir una idea o formalizar una pregunta. Escribimos porque eso nos hace sentir vivos, pero también nos sentimos vivos porque leemos.

Cuando cae en mis manos una novela como “American Gods” (Neil Gaiman, 2001) es cuando comienzo a comprender ese abismo que existe entre escribir y crear. Con “American Gods”, Neil Gaiman ha creado un complejo y nuevo universo sobrescribiendo ese otro universo real en el que todos vivimos. Mezclando dioses nuevos con los de siempre, mezclando el relato norteamericano clásico con todo lo reciente que hay en un mundo que avanza sin control hacia la virtualidad. Folclore e Internet. ¿Un partido de futbol corriendo y sudando en un campo de tierra o el mismo partido desde la comodidad del sofá de tu casa, en un videojuego frente a ti? “American Gods” combina ambas circunstancias, construyendo una experiencia cercana a ese tipo de catarsis que sucede cuando una luz divina se posa sobre tu cabeza. Los dioses de “American Gods” son humanos, las situaciones y los escenarios son los comunes.

Aunque nada es lo que parece.

He escrito novelas, relatos, criticas, blogs, recetas de cocina, consejos e incluso refranes. Desde que tengo uso de razón, he utilizado cualquier cosa que tuviese a mano para escribir: un lápiz, una máquina de escribir, un ordenador, un móvil… e incluso con un palo en la arena de la playa. Pero nunca, ni por asomo, me acerqué ni me acercaré a lo que Neil Gaiman ha conseguido con “American Gods”.

¿Dónde está la clave?

La literatura no es una ciencia, tiene sus reglas, pero también es tan flexible y gomosa como ese trozo de queso que va de nuestra boca a la pizza. Eso es “American Gods”, una porción de comida rápida tan sabrosa que nos engaña, haciéndonos creer que estamos en el restaurante más caro de la ciudad más lujosa, De ahí mi afirmación que Neil Gaiman ha creado con “American Gods” una de las mejores novelas de finales del Siglo XX donde, desde la comercialidad y lo viejo, ha conseguido algo único y radicalmente diferente.

¿Por qué necesitamos escribir? Porque nos gusta leer. Comunicarnos es la base de la sociedad y el hecho de leer o escribir son la piedra filosofal de esta comunicación. “American Gods” se sustenta en esa ancestral comunicación, donde una historia oral corre de uno a otro, narrando hazañas sobre dioses y humanos, sentados alrededor de una hoguera. Como la tradición griega o romana, solo que con televisores, Internet, cigarrillos y coches auténticamente norteamericanos. También hay espadas, cuervos, fuego y otros cientos referentes propios de esa mitología. Mezclado todo con elegantes formas, con una prosa simple y hermosa, con unas conversaciones únicas y unos giros impensables. Una novela impropia de nuestro siglo, una joya que merece ser leída una y otra vez.

No os arrepentiréis.

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Autores: John Fante

John-Fante

Siempre resulta peligroso juzgar a los autores más allá de su obra, entrando en lo personal y tomando un punto de vista que no nos pertenece. O al menos no podemos juzgar a ciertos autores con los parámetros del siglo XXI de la misma manera que no podemos juzgar el descubrimiento de América (genocidio dicen algunos) ni tampoco podemos jugar lo sucedido hace 50 años con una mentalidad progresista propia del siglo XXI. ¿Por qué digo esto? Porque voy a mencionar a un autor que adoro por su obra y que muchos odian por quien era.

Adoro a Charles Bukowski y él adoraba a John Fante de quien siempre dijo había sido su inspiración. En el prólogo del “Pregúntale al polvo” (de John Fante), Bukowski explica cómo descubrió esta novela en una biblioteca, después de aburrirse con otros cientos de libros, y como esta novela le empujó a convertirse en quien sería uno de los novelistas y poetas más odiados y admirados de finales del siglo pasado.

“Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas. La sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia.”

Estoy convencido de que Fante y Bukowski son, en realidad, la misma persona en épocas diferentes. Sus obras no son paralelas porque pertenecen a generaciones marcadas por el tipo de literatura que se hacía (o se podía hacer). No obstante, si afirmamos que Bukowski fue el rey del realismo sucio, en realidad fue John Fante quien inventó este género (aunque de forma involuntaria) cuarenta años antes. De John Fante adoro todas y cada una de sus palabras, esa prosa aparentemente fácil que esconde una bomba de relojería: sus párrafos son de una perfección asombrosa, donde no falta ni sobra ni una sola palabra, avanzando poco a poco para que, cuando estamos confiados, nos atiza un golpe tras otro. Que no os engañe la aparente facilidad con lo que se lee a John Fante, en realidad esa facilidad es algo buscado y casi imposible de conseguir. Es un cuidado descuido, un engaño con un firme propósito. ¿Ligereza y realismo sucio? Definitivamente, Fante era un genio.

Descubrí a John Fante con la novela “Llenos de vida”, una novela “aparentemente” ligera que cuenta sobre esa sociedad norteamericana que pretendía ser cool a cualquier precio en los años cincuenta. A medida que avanza la novela, esa ligereza se convierte en un mazazo sobre las relaciones padres/hijos, las raíces, las falsas ilusiones y las vidas vacías.

Coged cualquier novela de John Fante, da igual cual, incluso aunque leáis las novelas protagonizadas por Bandini desordenadas (igual que Fante tenía a Bandini en su alter ego, Bukowski tenía a Chinaski). Simplemente coged una novela de John Fante y leed, hacedme caso.

John Fante, el maestro de la sencillez narrativa (Jot Down Magacine)

John Fante, la gran tragicomedia americana (ABC Cultural)

El hombre que destruía vidas en 20 palabras (EL PAIS cultura)

“Antropoides”, la construcción de una novela (5): la trama

La génesis de la novela “Antropoides” nace de la idea de hasta dónde puede llegar un anónimo por conseguir la fama. ¿Qué estaría dispuesto a hacer? Desde el primer momento tuve claro que quería que el personaje protagonista (o el dinamizador de la trama) fuese una mujer, no por el hecho de imaginar que esto aportaría una personalidad proclive a lo que sucedería después, eso nunca, no quiero que mis historias estén condicionadas por el género de un personaje. Decidí que la protagonista primigenia (Luisa Roca) fuese mujer por el mismo desconocido motivo por el que los personajes que más me interesan de una novela (lector y/o escritor) son siempre los femeninos. Quizás porque, como hombre, me divierte más meterme en la piel de un personaje femenino que en el de uno masculino. Es decir, la elección del género va en función de mis preferencias y no de la historia. Al comenzar a escribir “Antropoides” tuve claro que la primera parte de la novela tenía que girar en torno a Luisa Roca y la extraña relación que establece con la actriz Carla Sirgado en esa búsqueda de la fama por encima de todo.

La novela está dividida en tres actos y en cada uno de ellos hay unos protagonistas definidos que son los que empujan esa porción de la novela. Únicamente hay un personaje en la novela común en todas las partes pues, al tratarse de un thriller policiaco, la figura del policía (llámese investigador, detective, policía, periodista, etc.) es transversal en la historia. Al fin y al cabo, ¿cómo escribir una novela “policiaca” sin un policía?

Los personajes centrales de cada uno de los tres actos fueron surgiendo de forma espontánea, algunos los tenía claros antes de comenzar, otros surgieron sin más. Creo que esta es una forma esencial en la escritura pues intuyes hacia dónde quieres ir y de la mano de quien, pero después puedes incorporar personajes que empujen y acompañen esa historia e incluso la transformen. La escritura ha de ser un proceso vivo y cambiante, nunca algo encorsetado.

No creo que al comenzar a escribir “Antropoides” supiese que iba a convertirse en la novela que es ahora. En realidad, pretendía un thriller sobre los límites entre la invisibilidad de los anónimos y la fama de las celebridades (y la aparente impermeabilidad de estos mundos) pero, poco a poco, la novela giró hacia un desarrollo natural donde esa idea era tan solo el desencadenante de una sucesión de causalidades (no de “casualidades”) donde unos actos desencadenan otros sin que nadie sea capaz de pararlo (ni tan siquiera esa figura transversal que es la lógica del policía). Al final, mi trama principal (la busqueda de la fama a cualquier precio), se convirtió en la excusa para lo que vendría a continuación. Mi particular macguffin al estilo del Alfred Hitchcock, el rey del thriller cinematográfico.

¿Estoy contento con la historia? Más que contento, sobre todo porque soy el primer sorprendido de los caminos por los que discurre. Si el autor está sorprendido, el lector lo estará aún más. ¿Contento con el desenlace? Tanto que decidí incorporar parte de ese desenlace (la escena del puente en Ámsterdam) como un prólogo para que el lector conozca una parte del final de la novela, pero los personajes le acompañen hasta entender como encajar esa pieza del puzle en el rompecabezas.

No puedo contar más sin desvelar parte de la trama. ¡Si estáis interesados y queréis saber más tendréis que averiguarlo por vosotros mismos!

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“Antropoides”, la construcción de una novela (4): la portada

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Una vez más, Adriana González me ha ayudado en el diseño y construcción de la portada de “Antropoides” (tal y como hizo con la maravillosa portada de “La ligereza de la grava”). Mientras la anterior novela, una sátira sobre la muerte, requería de colores vivos, así como esa increíble calavera mejicana obra de Adriana, en esta nueva novela, la portada debía reflejar el interior. Lo que tenía bien claro es que en la portada debía de haber un antropoide (mono con apariencia humana), a partir de ahí desarrollamos la idea de incorporar más antropoides frente a las dos ciudades donde discurre la novela (Barcelona en la portada y Ámsterdam en la contraportada). La portada debía reflejar la simpleza y la frialdad de lo que sucede dentro, de ahí el blanco y negro, roto tan solo por los colores del título de la portada, a modo de esas letras recortadas de las notas de secuestro (otra parte clave de la novela). Así pues, tenemos todos los elementos en la portada: las ciudades, la frialdad, los antropoides y la nota de secuestro.

No sé si es la portada más atractiva que podíamos conseguir, pero es la más adecuada a lo que el lector encontrará en su interior.

Gracias una vez más a esa maravillosa artista que es Adriana González por crear conjuntamente esta portada de forma desinteresada.

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“Antropoides”, la construcción de una novela (3): los personajes

Posiblemente, la escritura de la novela “Antropoides” sea el reto más complejo a lo que, como escritor, me haya enfrentado jamás. La escritura de una novela suele ser un acto de esfuerzo y disciplina, aunque, dependiendo del género, el desarrollo o la longitud del texto, escribir una novela también puede ser algo ágil y divertido.

No creo que repita la experiencia de escribir una novela como esta, el resultado es, desde mi punto de vista, más que bueno. Pero el esfuerzo ha resultado demasiado y uno no tiene edad para ciertos excesos, aunque sean intelectuales. Me propuse escribir “Antropoides” como una especie de reto por entender si podía moverme en el thriller psicológico. La experiencia me ha desmostrado que puedo moverme como pez en el agua en el género, pero aún no sé si es lo que busco como escritor. Escribir un thriller siempre es complejo y si, además, pretendes ahondar en la psicología de los personajes, entonces el trabajo es doble. O triple. No se trata solo de escribir sino de construir personalidades complejas a modo de personajes, interactuando de manera más compleja aún donde todo debe acabar perfectamente encajado. En realidad “Antropides” no es un thriller al uso pues el lector no tiene que descubrir que sucede, se le da toda la información, su juego consistirá en acompañar a los personajes y disfrutar de los giros de la historia

“Antropoides” nace de mi absoluta adoración por la obra de Patricia Highsmith y el asombroso control que tenía la escritora acerca de la psicología de los personajes y la manera de proyectarlo hacia el lector. Leer una novela de Patricia Higshmith es sumergirse en la psicología de personajes enfermos y retorcidos cuyos actos crean historias cercanas a la novela negra. Con “Antropoides” he intentado hacer lo mismo, proyectando la historia desde dentro de los personajes, desde su psicología, en vez de limitarme a narrar una situación. En “Antropoides” cada personaje actúa de una manera diferente donde, basándonos en su construcción psicológica, podemos, como lectores, anticiparnos a sus actos. “Antropoides” es un thriller donde el lector es un observador privilegiado que tiene más información que nadie y quien observa a todos esos personajes interactuando a modo de partida de ajedrez. Aunque eso no implica que todo sea lógico pues esta novela transcurre en ese universo donde los personajes actúan de manera “diferente” a como lo haríamos nosotros. Eso siempre que imaginemos que nosotros actuamos de manera “normal”, claro. ¿Aunque quien es normal?

Sin título

Como demostraba Richard Matheson en su grandiosa novela “Soy Leyenda”: la normalidad es solo una cuestión numérica. Así pues, si todos los personajes de “Antropoides” se comportan de manera terriblemente parecida dentro de los parámetros del delito, la mentira, la venganza y el dolor… ¿son normales? ¿y nosotros?

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