¿Los géneros literarios existen?

Cuando alguien se entera que escribo, lo primero que me pregunta es por el género que escribo, una pregunta que suele sacarme de mis casillas y a la que siempre respondo de mala manera. No creo en los géneros, sobre todo en pleno siglo XXI donde la permeabilidad ha desaparecido y somos tan dados a eso que llaman “fusión”. Personalmente creo que los géneros nacen de nuestra pereza por entender una obra, es mas sencillo etiquetarla, eso nos hace sentir más cómodos, como en el cine, necesitamos saber si vamos a ver terror, o drama o comedia, porque creemos que algunos de esos géneros nos gustan unos mas que otros. Ahí radica, desde mi punto de vista, el error de los géneros: los utilizamos como baremo para medir lo que nos gusta o no cuando la realidad es otra. Una buena novela lo es o no lo es, independientemente del género. Y lo es o no lo es en una medida subjetiva.

Pero, una vez más, estoy equivocado: los géneros existen, claro que sí. Leyendo una recopilación de ensayos y conferencias del autor Neil Gaiman titulado “La vista desde las últimas filas”, en una de sus conferencias (“La pornografía de género o el género de la pornografía”) argumenta sobre los géneros literarios. Y, de paso, nos da una bofetada (con razón) a todos aquellos que argumentamos que los géneros son un inconveniente mas que una ventaja.

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“¿Qué es un género? Bien, podríamos empezar con una definición práctica: es algo que te indica dónde tienes que buscar en una librería o en un videoclub, si es que todavía existe alguno. Te dice adónde ir. Dónde buscar. Eso es cómodo, hace la vida más fácil. Hace poco, Teresa Nielsen Hayden me explicaba que en realidad los géneros no te dicen dónde buscar, dónde ir. Te dicen qué secciones no tienes que molestarte en visitar. Una afirmación que me pareció asombrosamente intuitiva.

Hay demasiados libros ahí fuera. Así que lo que se pretende es facilitar la tarea a la gente que los ordena y a la que los busca, acotando los lugares en los que van a buscar. Les dices dónde no deben buscarlos. Así de sencilla es la clasificación por secciones de las librerías. Te indica lo que no tienes que leer.

El problema es que la ley de Sturgeon —que afirma que cerca del «90 por ciento de cualquier cosa es una mierda»— se puede aplicar a los campos de los que yo entiendo algo (al de la ciencia ficción, al de la literatura fantástica, al de la literatura de terror, la literatura infantil o la literatura de ficción, el ensayo y la biografía más populares) y estoy seguro de que también se puede aplicar a las secciones de las librerías que nunca frecuento, desde los libros de cocina a los romances sobrenaturales. Y la ley de Sturgeon tiene un corolario que afirma que el 10 por ciento de cualquier cosa se puede situar entre lo bueno y lo excelente, con un poco de imaginación. Esto es válido para toda la literatura de género.

Y dado que la literatura de género es incansablemente darwiniana —los libros vienen y van, muchos caen en un olvido injustificado, muy pocos se recuerdan injustamente—, la renovación de existencias tiende a quitar de las estanterías el 90 por ciento de la escoria para sustituirlo por otro 90 por ciento de escoria. Pero de esa manera —al igual que sucede con la literatura infantil— se va acumulando un canon fundamental que tiende a ser increíblemente sólido.

La vida no respeta las reglas de los géneros. Pasa con facilidad o con dificultad de la telenovela a la farsa, del romance de oficina al drama médico, del género policíaco a la pornografía, a veces en cuestión de minutos. Cuando me dirigía al funeral de un amigo, un pasajero del avión abrió de un cabezazo uno de los compartimentos superiores, y todo lo que había en su interior le cayó encima a una desgraciada azafata, en la comedia circense mejor interpretada y medida que he visto en toda mi vida. Una espantosa mezcla de géneros.

La vida da bandazos. Los géneros literarios ofrecen cierta previsibilidad sujeta a una serie de restricciones; pero, una vez aceptado esto, uno debe preguntarse: «¿Qué son los géneros?». No dependen del tema. No dependen del tono.

Un género, siempre me lo ha parecido, consiste en un conjunto de suposiciones, un contrato flexible entre el creador y el público.

A finales de los años ochenta, una estudiosa del cine norteamericana llamada Linda Williams escribió un excelente estudio sobre el porno duro titulado Hard Core. Power, Pleasure and the «Frenzy of the Visible» [Hard Core: el poder, el placer y el «frenesí de lo visible»], que leí de joven más o menos por casualidad (trabajaba como crítico literario, y un buen día apareció en mi mesa y me tocó escribir una reseña sobre él) y que hizo replantearme todo lo que creía saber sobre la definición de género.

Sabía que algunas cosas eran distintas de otras, pero no sabía por qué.

En su libro, la profesora Williams sostiene que para entender las películas pornográficas lo mejor es compararlas con los musicales. En los musicales aparecen diferentes tipos de canciones —solos, duetos, tríos, coros completos, canciones que le canta un hombre a una mujer, una mujer a un hombre, baladas, canciones rápidas, canciones alegres, canciones de amor— y, en una película porno, uno encuentra diferentes tipos de situaciones sexuales que es necesario representar.

En un musical, la finalidad de la trama es llevar al espectador de canción en canción, y evitar que todas las canciones sucedan al mismo tiempo. Lo mismo ocurre con las películas porno.

Y, por otra parte, lo más importante es que en un musical lo que busca el espectador… bueno, no son las canciones únicamente, es el musical en conjunto, con su historia y todo lo demás; pero, si no hubiera canciones, se sentiría engañado. Si uno asistiera a un musical sin canciones, saldría con la sensación de que le han dado gato por liebre. Sin embargo, es imposible que, después de ver El padrino, por ejemplo, uno piense: «Vaya, no había ninguna canción».

Si las quitas —las canciones de un musical, las escenas sexuales de una película porno, los tiros de las películas de vaqueros—, estás quitando lo que la gente busca. La gente que se acerca a ese género, en busca de eso, se sentirá engañada, estafada; sentirán que lo que han leído o experimentado ha vulnerado, en cierto modo, las reglas.

Y cuando comprendí eso, comprendí algo mucho más importante: fue como si de pronto se me hubiera encendido una luz en la cabeza, porque había encontrado la respuesta a una pregunta fundamental que me planteaba una y otra vez desde niño.

Sabía que había novelas de espías y que había otras novelas en las que aparecían espías; libros de vaqueros y libros que se desarrollaban en el Oeste americano. Pero hasta entonces no sabía cómo diferenciar unos de otros. Ahora sí. Si la trama funciona como un mecanismo que te permite pasar de una escena a otra, y si el espectador o el lector se sentirían engañados sin esas escenas, entonces, sea lo que sea, es una obra de género. Si la finalidad de la trama es llevarte del vaquero solitario que llega a la ciudad al primer tiroteo, del robo de ganado al enfrentamiento, entonces es un libro o una película de vaqueros. Si esos episodios van sucediendo sin más, integrados en una trama que puede funcionar perfectamente sin ellos, entonces es una novela ambientada en el Oeste.

Cuando todos los sucesos forman parte de la trama, si el conjunto en su totalidad es importante, si no hay ninguna escena cuya misión sea llevar al público al siguiente momento que el lector o el espectador considera que es aquello por lo que ha pagado, entonces es una historia, y el género es irrelevante.

El género no depende del tema.

Ahora bien, para un creador, el género tiene la ventaja de que sabes a qué juegas y conoces a tu adversario. Puedes contar con una red y hay unas reglas del juego. A veces, incluso, puedes echarle pelotas.

Otra ventaja del género, para mí, es que te permite conceder prioridad a la historia.”

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La temperatura a la que arden los libros

El estreno de la nueva (y decepcionante) versión de “Fahrenheit 451” en la cadena HBO me ha llevado a recordar la versión de François Truffaut que rodó en 1966 (el año en que nací). Respecto a la nueva TV movie, únicamente decir que ni tiene la calidad a la que nos ha malacostumbrado la HBO, tampoco de la genialidad que imaginó Truffaut y aún menos de la novela de Ray Bradbury.

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Michael Shannon (izquierda) y Michael B Jordan (derecha) en una escena de la nueva adaptación de la novela

Todo viene de la novela que Bradbury escribió en 1954, avanzándose (como siempre hacía) a todo y a todos. Recuerdo haber leído la novela porque vi la película de Truffaut, cuyas escenas me fascinaron sin entender el motivo, con la música de Bernard Herrman sonando a todo volumen mientras Guy Montag (interpretado por un hipnótico Oskar Werner) iba colgado del camión de bomberos.  Poco después me hice con la novela para descubrir, con sorpresa, que la novela era aún mejor que aquella maravillosa película.

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Cyril Cusack (izquierda) y Oskar Werner (derecha) en una escena de la adaptación de François Truffaut.

¿Pero por qué me fascinó tanto “Fahrenheit 451”? Porque habla de libros, claro, aunque lo hace desde la desesperanza de un futuro donde consideran peligrosa a la palabra escrita, el peligro de permitir que pensemos por nosotros mismos o de que alguien nos abra la mente. Es por eso mismo que lo que propone la historia es que, en ese futuro cercano, los bomberos ya no apagan fuegos, sino que los provocan para quemar todos los libros que encuentran. Fahrenheit 451 es el nombre de esta peculiar brigada de bomberos, aunque también es la temperatura a la que arde el papel (238 grados centígrados).

“Un libro en manos de un vecino es como un arma cargada.” dice uno de los personajes, en la novela.

Olvidados de la nueva versión de la HBO, incluso olvidad la obra maestra de Truffaut. Simplemente coged entre vuestras manos la novela “Fahrenheit 451” y leedla permitiendo que Bradbury juegue perversamente con vosotros, haciéndoos creer que, como en la historia, ahora sois unos delincuentes que estáis haciendo algo prohibido y necesario: leer un libro.

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Lecturas para un accidentado (3): “Edicto Siglo XXI” de Dan Simmons

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“Edicto Siglo XXI” es una de esas novelas de ciencia ficción clásica con una importante carga de crítica política y social (fué publicada originalmente en 1972), cercana a otras novelas como “1984” (George Orwell, 1950), “¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!” (Harry Harrison, 1966), “Fahrenheit 451” (Ray Bradbury, 1953) o “Un mundo feliz” (Aldous Huxley, 1932) donde los autores escogen una ficción cercana y realista, convirtiendo la hipótsesis del futuro en un escenario que al lector le parece casi presente (o un presente cercano). Aquí el conflicto deviene de la superpoblación, en el momento en que los (nuevos) gobiernos globales dictan un edicto donde prohiben el nacimiento de nuevos niños durante los siguientes treinta años.

Lo curioso de la propuesta de Max Ehrlich es que no se limita a usar esta premisa como excusa para construir un thriller futurístico (donde la rebelión individual es el leitmotiv) sino que, de forma satélite nos lanza otras interesantes ideas entre las que se cuentan el caso de utilizar las calorías que consumimos a modo de moneda, la imposición del amor libre, la venta de robots-bebé para suplir las carencias emocionales de las mujeres a las que se les niega la maternidad, que los avances médicos hagan que la esperanza de vida se alargue más allá de los cien años (de ahí la superpoblación) o la muerte programada como una fiesta final y voluntaria. Todas esas ideas son propias de la novela social más que de la ciencia ficción, de ahí que la novela se convierta en una interesante ficción sobre el lugar hacia el que nos encaminamos como sociedad, o donde el autor, en 1972, creía que íbamos.

El estilo de “Edicto Siglo XXI” es el propio de la novela de la época, no es gran literatura sino literatura funciona obviando descripciones o emociones innecesarias, convirtiendo la novela en algo fácil de leer (apenas trescientas páginas). Puede que a algunos les parezca que tanto el estilo como el contenido de esta novela huela a “antiguo” y quizás sea así, pero casi toda la novela de ciencia ficción envejece bastante mal, sobre todo cuando la completas con multitud de detalles tecnológicos que has imaginado que sucederán pero que, a los pocos años, ya son caducos. De todas formas, como ejercicio de nostalgia, también de reflexión, podemos asegurar que esta serie B de las novelas de ciencia ficción social funciona perfectamente, tiene personalidad y los tiempos están bien medidos.

En 1972 se adaptó esta novela al cine con irregulares resultados. Por un lado, el guion era una adaptación ejemplar de la obra de Max Ehrlich pero por otro lado a principios de los setenta la tecnología cinematográfica no disponía de los medios necesarios para trasladar una historia tan compleja al terreno visual. Además, la dirección y el diseño de producción son desastrosos. Podéis encontrar la película en varias plataformas de video de Internet bajo el título de “Edicto Siglo XXI, prohibido tener hijos”.

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Cómo escribir una novela: caos o planificación

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Ayer mismo charlaba con una persona quien también escribe (y publica), debatiendo sobre los mecanismos que nos llevan a construir una novela y el cómo. Fue una charla enriquecedora, aunque ahora me doy cuenta de que acabó convirtiéndose en un egocéntrico monólogo por mi parte. Solucionaré eso. Durante mi monólogo surgió el interesante tema de cómo construir una historia, el detonante de la dinamita. Yo defiendo que todos sabemos escribir pero que pocos saben contar una historia, o no tienen una historia que contar. Cuando tienes una historia, una imagen o un motivo, es cuando puedes comenzar a construir una novela. Otra cosa es el desarrollo que, en mi caso, representa el caos mas absoluto: escribo como si el último grumete se hubiese hecho cargo del timón de un transatlántico, a toda máquina, chocando con las rocas y sin rumbo fijo, convirtiendo el caos en imprudente rutina. Soy incapaz de escribir con un guion definido, permito que los personajes sorprendan al autor y no sea el autor quien pretende sorprender al lector a través de los personajes. Si no te diviertes escribiendo, nunca divertirás a quienes te leen y el grumete cree que es más divertido forzar las máquinas y chocar con las rocas que navegar de manera lógica como enseñan en las academias.

Mi caos comienza con una imagen, no con una idea, Las ideas me condicionan, pero las imágenes me permiten girar en cada recodo. Mi novela “Memoria de tonos sepia” comenzó con la imagen de alguien que se despierta en una habitación sin recordar quien es, pero con una sensación de peligro constante, esa imagen desembocó en una trama que se creaba día a día, sin guion previo, lo cual significo más de cincuenta reescrituras para conseguir que la trama no tuviese ni una sola fisura que hiciese que el transatlántico acabase en el fondo del océano. Mi novela “La ligereza de la grava” comenzó con la idea de una persona en lo alto de un puente, dispuesto a suicidarse por el simple hecho que lo tiene todo y, como consecuencia, ha perdido toda ambición. Iba a ser una novela dramática, pero, de repente, empezaron a surgir personajes que hicieron que la novela acabase bordeando el humor más negro y surrealista de una forma que nunca hubiese imaginado. Mi novela “Antropoides” nació de la imagen de la última cena de dos amantes en un restaurante, el resto iba naciendo poco a poco, también sin una idea fija ni un leitmotiv sobre el que girar.

La persona con quien estaba charlando decía que ella necesita contar algo, necesita una idea sobre la que construir. Estoy convencido que esa debería ser la manera de escribir una novela, pero yo soy incapaz porque construir de manera lógica una novela como quien construye una casa, me aburre. Y no digo que quien lo hace sea aburrido o escriba novela aburridas, todo lo contrario. El caso es que yo prefiero no conocer el destino, también prefiero que esa primera imagen (que no es un concepto en si mismo) devenga en otras imágenes que acaban creando una historia. En el momento de la reescritura es cuando das una coherencia al conjunto (todas esas imágenes) forzando una lógica narrativa que no tuvo en la primera escritura. Entiendo que escribir de esta manera es un caos. Lo es, en efecto. Pero con el paso del tiempo he descubierto que escribo para divertirme y esta es la única manera en que me divierte escribir.

Mi manera caótica de escribir no significa que sea la mejor. No lo es, en realidad. Y el hecho de que me aburra seguir una pauta no significa que quien escribe de manera planificada sea o cree novelas aburridas. En realidad, poco importa como llegas a esa novela ya que el lector desconoce cómo se ha gestado. El lector sostiene entre sus manos una consecuencia y si el libro es bueno, poco le importa cómo se ha construido.

Que cada uno escriba como le de la gana, olvidad los talleres de literatura donde os enseñan a conducir una novela como se conduce un coche, evitad los prejuicios sobre si escribir una novela de manera caótica es una chapuza. Si escribís de manera planificada tampoco os preocupéis. Lo hagáis como lo hagáis, aunque no publiquéis, os divertiréis escribiendo y ese es el auténtico objetivo de todo escritor: disfrutar de la escritura porque es la única manera de hacer disfrutar a los demás, si llega el momento.

Lecturas para un accidentado (2): “El Terror” de Dan Simmons

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Por fin he acabado de leer “El Terror” de Dan Simmons, y digo por fin porque ha sido una de las experiencias más extrañas como lector que he tenido en un tiempo. “El Terror” no es un libro fácil de leer y no lo digo por sus 700 páginas sino porque dentro de esas 700 páginas parece evidente que algunas sobran (tanto en capítulos innecesarios como en personajes). Las detalladas descripciones de absolutamente todo y el cambio constante de punto de vista entre decenas de personajes hacen que la historia se ralentice hasta dar la impresión de que nada sucede cuando, en realidad, están constantemente sucediendo (terribles) cosas. A pesar de este anacronismo, “El Terror” es una novela adictiva donde la novelización de la tragedia real de los buques “HSM Terror” y “HSM Erebus” en su exploración de las vías de navegación a través del ártico tiene todos los ingredientes para convertirse en una de esas novelas que te roban horas de sueño en un contradictorio ejercicio de placer culpable.

No puedo ni imaginar el trabajo de documentación que ha debido hacer Simmons en la compleja (y casi innecesaria) construcción detallada de personajes, escenarios y objetos. Como escritor me parece un trabajo titánico, casi el mismo que ha debido sufrir la tarductora (Ana Herrera) para trasladar toda esa complejidad al castellano. Incluso me atrevería a decir que todo ese esfuerzo es mayor que el resultado que logran. Porque esto no es un ensayo que detalle una malograda gesta, sino de la novelización de lo que se supone que debió sucederle a la expedición de Sir John Franklin que partió de Londres en 1845 y pasó mas de dos años atrapada en los hielos del ártico. Y esta novelización, en ocasiones, se encalla en la descripción como si de un ensayo se tratase.

La novela de Simmons incluye una extraña criatura del hielo, leyendas inuit (esquimales), canibalismo, traiciones, motines, un surrealista carnaval, envenenamiento y cientos de enfermedades. Quizás solo algunas de estas cosas sucedieron, pero enmarcadas en la detallada (y cruda) historia que construye Simmons, al acabar el libro te encoges de hombros y piensas “¿por qué no?”. Ha cargado demasiado las tintas, de acuerdo, pero “¿por qué no?”.

“El Terror” no es un libro de terror a pesar de su título y de contener algunos de los pasajes más crudos y terroríficos que he leído, tampoco es una novela de aventuras a pesar de narrar una aventura épica (sobre todo en su segunda mitad). En realidad “El Terror” es una novela humanista sobre los límites del ser nuestro desmesurado ego al creer que podemos controlar los elementos. Incluso diría que “El Terror” es una novela ecológica. Tambien es novela visual, casi cinematográfica, de ahí la acertada adaptación televisiva que ha hecho la AMC de la mano de Ridley Scott que busca en películas como “La cosa” o “Master and Commander” o, mejor dicho, busca inspiraron en las novelas que inspiraron a estas películas. No me extraña que Ridley Scott adaptase esta novela porque, vista desde la narrativa de la supervivencia en grupo, tiene demasiados puntos en común con la historia que Scott nos contó en “Alien, el octavo pasajero”.

No podría recomendar “El Terror” de Dan Simmons, a pesar de que me ha gustado, y no la puedo recomendar porque creo que es una magnífica novela que esconde todos esos elementos que hacen que el lector la abandone. Al fin y al cabo la literatura es esto: equivocarse para acertar y aquí Simmons, con todos sus errores, acierta de pleno y crea una novela única (para bien y para mal).

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En los últimos dos meses estoy leyendo más de la cuenta por culpa (o no) de un accidente que me ha dejado cojo para unos cuantos meses. Cuando estas sentado muchas horas o miras la tele, o lees o escribes. De lo que escribo ya conoceréis, de lo que leo os lo voy a contar ahora y de la televisión mejor no hablemos.

Estas son las cuatro novelas que he leído en estos dos meses. Como podéis ver hay mayoría del género ciencia-ficción (pulp).

 

“Retratos” de Truman Capote

Como siempre, cuando te sumerges en el Capote periodista, las primeras impresiones te hacen dudar sobre si lo que tienes entre manos es periodismo o literatura. Quizás literatura periodística. O periodismo literario. Tal y como ocurre con Gay Talese, la prosa de Capote, aunque fácil para el lector, acaba resultando demasiado lujosa para una simple crónica, aunque esta exageración también aporta visiones, metáforas e ideas, que solo la mirada de este híbrido periodista/escritor puede conseguir. En “retratos” Capote construye una puntual y ligera radiografía de varios personajes desde la vista de encuentros fortuitos donde el autor acaba hablando tanto del entrevistado como de sí mismo. El ego de Capote se dispara en todas direcciones en estos retratos y es eso, precisamente, lo que le diferencia de cualquier otro retrato compuesto por cualquier otro periodista. O escritor. Irrepetible para bien y para mal.

“Amenaza a la tierra” de A. Thorkent

Novela corta decididamente pulp donde A. Thorkent nos sumerge en una delirante invasión alienígena ambientada en Inglaterra donde todo huele a ya leído, aunque Thorkent consigue (milagrosamente) cierta coherencia y, sobretodo, consigue entretener. ¿O acaso no era esa la función de todas esas novelas cortas de Ciencia-Ficción (o terror, o western, o románticas)? Thorkent intenta emular los ambientes british aunque rápidamente el relato se pierde en unos imposibles pasajes donde todo puede suceder. No es una literatura de lujo, aunque es más que correcta, tiene ritmo y consigue lo que se propone.

Como en casi todas las novelas baratas de Bruguera de los 60 y 70s, el autor A. Thorkent es el seudónimo de Ángel Torres Quesada

“El negro pájaro de la muerte” de Clark Carrados

Clark Carrados (Luis García Lecha) fue uno de los autores más prolíficos (que no más reconocidos) de nuestra literatura hispana. Trabajando para varias editoriales (Bruguera, Toray, Ediciones B, etc.) escribía cerca de tres novelas por semana lo que significó alrededor de 2000 novelas publicadas. En su mayoría, como en el caso de “El negro pájaro de la muerte”, eran novelas de terror, ciencia-ficción o western que no llegaban a las 100 páginas y se publicaban en colecciones semanales a bajo coste. La época dorada del pulp hispano. Esta novela de Carrados no es diferente a las demás, un argumento que nos suena a ya leído, mucha acción (con algún pasaje delirante) y conversaciones que van a toda prisa armadas tópico sobre tópico. Y, a pesar de ello, somos muchos los que sentimos adoración por este autor que, ante todo, consigue el primer propósito de toda novela barata: entretener.

Aquí Carrados nos cuenta una expedición al ártico en busca de un collar extraterrestre (sin comentarios), la novela tiene dos partes diferenciadas: en la primera se presentan los personajes durante el viaje, así como se plantea la intriga (hay un saboteador). En su segunda mitad entramos ya de lleno en delirantes escenas con un barco partido por la mitad encima de un glaciar y un monstruo extraterrestre. Todo absolutamente incoherente pero terriblemente divertido.

Bien por la literatura barata de bolsillo para consumo rápido. Sin ella, tampoco existiría la “gran” literatura.

“El negro pájaro de la muerte” es una novela menor que puede proporcionarnos unas pocas horas de delicioso placer culpable.

“Caminaban como hombres” de Clifford D. Simak

Lo primero que sorprende de esta novela es que las surrealistas (casi cómicas) escenas que se suceden esconden una idea tan lógica como brillante. Algo parecido a servir caviar encima de una burda galleta de mantequilla holandesa. Lo que sucede y como sucede, puede que resulte divertido a ojos del lector, pero ensombrece la brillantez de la idea original. Aunque no se le puede negar una evidente capacidad de entretenimiento. La literatura es buena, siempre suceden cosas que nos sorprenden de la misma manera que sorprendería un perro vestido con un esmoquin. Y es una verdadera pena porque la premisa de esta inaudita invasión extraterrestre es tan original como lógica e incluso esconde una divertida crítica a los políticos y a la sociedad de consumo. Pero todo eso se pierde cuando aparecen seres que se convierten en muñecos, perros parlantes que acosan al presidente de los EEUU, entes extraterrestres que se transmutan en coches o bolas de billar asesinas. ¿Este anacronismo está hecho a posta? Seguramente que sí y eso otorga a “Caminaban como hombres” cierta personalidad, aunque, desde mi punto de vista, el conjunto acabe siendo es irregular.

Sant Jordi: el caballero prostituido

Un nuevo 23 de Abril y hay quienes siguen asegurando que Sant Jordi es el día más bonito del año, en Barcelona. Puede que tengan razón, o la tenían. O puede que quien diga eso, no conoció el Sant Jordi de antaño. Tiempo atrás, el día de Sant Jordi, además de ser festivo (ahora no) era un día donde la gente salía a la calle para descubrir. Las paradas de libros que llenaban las calles de la ciudad estaban construidas con un tablón y cuatro patas improvisabas, e invitaban, desde las librerías más modestas, a comprar libros, a descubrir la literatura, a comprar rosas y a disfrutar de un día festivo. Invitaban a descubrir, pero eso sucedía en el pasado.

En el Sant Jordi de hoy en día, demasiada gente compra únicamente los libros que las listas les aseguran que deben comprar. Muchos de esos libros están “escritos” (eufemismo más que generoso) por celebridades ajenas a la literatura a los que los lectores persiguen de parada en parada para conseguir su firma en el libro (que no el libro en sí). A día de hoy la mayoría de esas paradas son propiedad grandes superficies comerciales, de las editoriales o de las pocas (y potentes) librerías que han conseguido sobrevivir. Las pequeñas librerías desaparecieron y apenas cuatro quiosqueros sacan las mesas a la calle para ver si salvan el mes.

La gente se acerca a buscar ese libro que Internet o los medios de comunicación le han asegurado que debe leer. O ese famoso libro que todos han leído menos ellos. Estamos tan sobresaturados por el marketing literario que hemos olvidado que el espíritu de la literatura está en la búsqueda. Vamos de cabeza a aquello que nos han vendido como excelso y que acostumbra a no serlo.

Por supuesto, a pesar de todo eso, Sant Jordi es el mejor día del año, aunque el caballero haya sido prostituido. Y es que, incluso en los prostíbulos, puedes disfrutar del mejor día del año.