Tsundoku (bibliomanía)

 

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Padezco una especie de síndrome que consiste en comprar más libros de los que puedo leer, una especie de obsesión que se ha visto alimentada con la llegada del libro electrónico. En mi tablet tengo cientos de libros que nunca podré leer, no me queda vida suficiente para lograrlo. Lo mismo que en mi biblioteca. Y eso que espero vivir muchos años.

En la época de etiquetarlo absolutamente todo, ha aparecido una etiqueta para este síndrome, una palabra que llega (como no) desde Japón con el extraño nombre de “Tsundoku”, aunque también he descubierto en la RAE lo llama “Bibliomanía”.  Tsundoku viene de la combinación de las palabras “tsunde-oku” (empacar cosas para usarlas más adelante) y “dokusho”(leer libros).

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Personalmente odiaría que alguien se comprase una de mis novelas para no leerla nunca. Preferiría que no pagase por ella, incluso que la piratease o la robase, pero que la leyese. No me importa demasiado si le gusta o no, si la paga o no. Pero querría que la leyesen porque un libro sin lectores es como una película sin espectadores o un partido de futbol sin pelota.

Atesoro libros y más libros, sabedor de que nunca podre leerlos todos. ¿Por qué hacemos eso? Podría intentar analizar el motivo por el que yo lo hago, aunque no me apetece demasiado así que comenzaré explicando lo que dice la mayoría, que no somos víctimas del Tsundoku por ese consumismo que nos mueve a comprar cosas que no necesitamos, sino porque el hecho de estar rodeados de libros nos da placer, nos reconforta saber que los tenemos a mano, aunque después no vayamos a leerlos (incluso aunque tuviésemos tiempo).

Como cuando dejamos esa novela de ochocientas páginas para las vacaciones de verano y luego, llegado el momento, apenas leemos unas pocas páginas. Como cuando tardamos diez años ese mismo libro de ochocientas páginas. Mi teoría es la misma para cuando coleccionamos películas que nunca vemos: nos reconforta tener esa reserva intelectual por si, algún día, tenemos tiempo de entregarnos a ella.

La búsqueda y las expectativas son más gratificantes que el resultado, siempre.

¿Os sucede lo mismo?

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Paulo Coehlo es una mierda

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Reconozco que titular un texto de esta manera, además de poca empatía por el autor, demuestra una falta de corporativismo y una absoluta falta de respeto. Lo comprendo y me disculpo, pero no puedo desviarme de mi discurso: porque (lo que escribe) Paulo Coehlo es una auténtica mierda, sin posibilidad de maquillaje. Supongo que no soy nadie para marcar los referentes en cuanto a la calidad de la literatura, hay gente a la que le entusiasma Gran Hermano y otros a quienes entusiasma Ingmar Begman. Incluso hay personas a quienes les entusiasma ambas cosas.

También hay gente a la que le entusiasma Paulo Coehlo y eso es algo que, aunque me sorprende, debería comprender. Que algo no me guste no significa que sea malo. ¿O sí? Pues no, porque Paulo Coehlo es una mierda.

Coehlo es de esos escritores que escriben lo que la gente necesita leer, disfrazando dogmas sin el menor atisbo de remordimiento. Su literatura es basta, previsible, aburrida y peligrosa. Quizás debería decir que todo esto es lo que me parece a mí, de la misma forma que este texto debería titularse “Paulo Coehlo me parece una mierda” en vez de “es una mierda”. Pero no puedo resistirme porque Paulo Coehlo es una mierda.

¿Qué es la literatura de Cohelo? Asumiendo que lo suyo literatura (para mi no), el problema es cuando mezclamos literatura (ficción) con pseudociencia o autoayuda de segunda división, disfrazándolo todo a modo de coctel agitándolo con fuerza. Y ahí es donde nace mi absoluto rechazo porque, desde mi punto de vista, la literatura nunca debería ser ese mediocre batiburrillo destinado a deslumbrar para vender.

Siempre he defendido que la forma ha de imponerse sobre el fondo para conseguir disfrazar ese mismo fondo. O, dicho de otra manera: si quieres que el niño se coma la sopa hazle el avioncito. Resulta más hábil (y mejor, literariamente hablando) cuidar la forma de una historia por delante de aquello que realmente queremos contar, eso no significa que descuidemos el fondo, porque sin fondo no hay historia. Hay que engañar al lector, hacerle creer que está comiendo un caramelo y luego soltarle la bomba. Por decirlo de otra manera: hay que envolver el mensaje en algo bonito. Y no al revés, que es lo que hace Coehlo quien apenas se preocupa de la forma literaria porque para él lo importante es esa filosofía fast-food que pretende vendernos a toda costa. He dicho “vendernos”, no “regalarnos”. Porque Coehlo es un mercenario, un vendetuercas, un mago de cumpleaños infantiles, un tipo que debería ir con un triángulo de cartón en la cabeza y una túnica morada mientras asegura que los extraterrestres son dios (o viceversa). Bien por él, pero eso no es literatura, eso debería estar en el estante de una librería esotérica entre “La doctrina secreta de las amapolas” o “El libro de los espíritus recién duchados”.

¿Por qué vende entonces Paulo Coehlo si es tan nefasto? Primero porque es la simpleza más burda, pintada de falso intelectualismo. O lo que es lo mismo, funciona por lo mismo que funciona Woody Allen: porque es simple, pero nos empuja a creer que estamos ante algo complejo. Mejor explicado aun: porque es una tontería, explicada para tontos pero que nos hace creernos que es alta intelectualidad solo al alcance de intelectuales. Es decir, nos hace creer que somos más listos de lo que somos. A pesar de eso hay una clara diferencia entre Woody Allen y Paulo Coehlo: el primero es un artista, el segundo es un comerciante. Allen simplifica para hacer llegar al público un mensaje coherente, Coehlo simplifica para vender, con un mensaje delirante y cercano al mesianismo. Y aunque parezca lo mismo, es completamente diferente.

¿Os gusta Paulo Coehlo? Bien por vosotros. Pero permitidme que repita mi mantra: Paulo Coehlo es una mierda. De la misma manera que “El principito” o “Juan Salvador Gaviota” son una auténtica mierda. ¿Os escandalizáis? Disculpadme entonces, pero después de aceptar mis disculpas, reflexionad sobre ello.

 

 

Los buenos libros, Neil Gaiman y las novelas de a duro

índiceAlgunos libros nos ayudan a entender el proceso de escribir una novela, personalmente, he elegido tres que considero imprescindibles. El primero es “Suspense, como se escribe una novela de misterio” de Patricia Highsmith donde la autora disecciona los mecanismos de su novela carcelaria “La llave de cristal”, regalándonos todas las claves de la dinámica de ese (y de cualquier) relato de intriga. El segundo es “Mientras escribo” de Stephen King, escrito después de su atropello donde King reflexiona sobre como ha llegado hasta donde ha llegado y la importancia del oficio (mas que del relato). El tercer libro (que acabo de leer) es “La vista desde las últimas filas” de Neil Gaiman, recopilación de artículos y conferencias sobre el oficio de crear, independientemente de que este sea escritura, música o, como en el caso de Gaiman, novelas gráficas.

Entender el oficio es imprescindible para entender que escribir puede llegar a ser tan importante como respirar o tan trascendental como construir una catedral, más allá de la afición. Lo interesante del discurso de Neil Gaiman es cuando propone que, incluso aunque sea una afición que no compartiremos con nadie, tenemos que entender la importancia de la historia y la técnica. Podemos tejer una bufanda por placer, aunque nunca la luzcamos, pero hay dos formas de hacerlo: bien o mal. Gaiman explica que el valor del acto no radica en el qué sino en el cómo y que todos podemos llegar a la excelencia a través de las obras de los demás. Por eso comienza su libro hablando de las bibliotecas y las librerías. El primer paso es leer y hacerlo mucho sin obsesionarnos con que sea el mejor libro que podamos encontrar. Todos los grandes escritores tienen como libros de referencia, novelas que casi nadie conoce y leyeron de jóvenes, a modo de pequeñas joyas escondidas en cualquiera de esos lugares.

Escribir bien o mal es, en muchos casos, subjetivo. Libros como “La catedral del mar” (Ildefonso Falcones, 2006), “50 sombras de Grey” (E. L. James, 2011) o “El código Da Vinci” (Dan Brown, 2003) se me antojan profundamente aburridos, pero es que, además, estoy convencido de que están torpemente escritos. Pero venden porque gustan. Sus autores se tomaron sus obras como algo profesional, convencidos de que son buenos escritores. ¿Quién soy yo para discutir eso? Pero incluso con estas famosas novelas, la excelencia sigue siendo algo subjetivo. ¿Qué es un buen libro? ¿Un libro que vende? ¿Un libro que recibe buenas críticas? ¿Un libro que gusta? En casi todas las listas sobre libros sobrevalorados aparecen “El guardian entre el centeno” (J. D. Salinger, 1951) o “Los pilares de la tierra” (Ken Follet, 1989). Dos de las novelas con las que mas he disfrutado y que mas me han enseñado a escribir.

Un buen libro es simplemente algo que te gusta, independientemente de su calidad o su potencial.

Me encantan las novelas “de a duro” que se publicaban hace años, autores como Luis García Lecha (alias “Clark Carrados”), Pascual Enguídanos (alias “George H. White” o “Van S.Smith”), Ángel Torres Quesada (alias “A. Thorkent” o “Alex Towers”) o Domingo Santos (alias “P. Santos”)  en colecciones de ciencia-ficcion o terror de editoriales como Bruguera o Toray. ¿Eran buenas novelas? Objetivamente no. ¿Me gustan? Las adoro porque estos autores españoles (con seudónimos anglófilos) conocían el oficio de escribir y conocían perfectamente el objetivo de las novelas de a duro. Por cinco pesetas podías sumergirte en mundos inimaginables y vivir mil aventuras. Subjetivamente son maravillosas, objetivamente cumplían su objetivo.

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Podemos fiarnos de las críticas, de las listas de novelas, de las opiniones de familiares o conocidos, podemos fiarnos de las recomendaciones de las librerías, de la publicidad o podemos creer que una novela es buena solo porque la han adaptado al cine. Podemos fiarnos de cualquiera pero solo sabremos si algo es bueno o no cuando hayamos llegado hasta la palabra “fin” y esa valoración solo será por y para nosotros.

Stephen King y los gofres

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Durante una entrevista, Stephen King dijo a Neil Gaiman: “me pagan cantidades demenciales de dinero, por algo que haría de todas maneras”, una frase que esconde uno de los presuntos objetivos de toda persona que escribe de forma regular y (casi) profesional: vivir de la literatura.

Tenemos un mercado sobresaturado de obras literarias a las que hay que sumar las plataformas de auto publicación, los blogs o los libros electrónicos, un mundo (re)lleno de obras literarias, Las hay buenas y malas, todo depende también del gusto del lector.

Cuando escribo nunca me planteo si podría vivir de la literatura, porque si lo hiciese, dejaría de escribir. Por eso me identifico con la frase de King donde, implícitamente, asegura que escribiría igual, aunque fuese pobre como un perro con pulgas. Ahí radica la grandeza de la literatura porque, como algunas otras obras, no tienen más objetivo que satisfacer a uno mismo: al autor. Yo no soy pobre como un perro pulgoso, estoy en ello, pero aún no he alcanzado el cénit del fracaso.

De cuanto he publicado en Amazon, hay algunas novelas que funcionan mejor que otras, desconozco el motivo porque me siento bastante desconectado de eso que es la autopromoción, para mí las tres novelas (hasta ahora) son igual de buenas a igual de malas. ¿A cuál de tus hijos quieres más? Puede que tengas debilidad por uno, pero quieres a todos por igual.

¿Debemos escribir para ganar dinero o porque nos gusta escribir? Mi consejo es que, en esta locura de siglo XXI, ni os planteéis que escribir significa ganar dinero porque esa es una utopía solo al alcance de algunos privilegiados. Escribimos sobre lo que conocemos, sobre cuánto nos gusta (o disgusta), contamos historias porque nos apetece hacerlo. Y si alguien nos lee, mejor. Pero, esa tampoco debería ser la prioridad.

Dice Stephen King que le aburre el lujo y el reconocimiento, que su mayor placer en la vida es leer, escribir y comer gofres en la cadena de comida rápida Waffle House.

Esa es la actitud.

 

¿Los géneros literarios existen?

Cuando alguien se entera que escribo, lo primero que me pregunta es por el género que escribo, una pregunta que suele sacarme de mis casillas y a la que siempre respondo de mala manera. No creo en los géneros, sobre todo en pleno siglo XXI donde la permeabilidad ha desaparecido y somos tan dados a eso que llaman “fusión”. Personalmente creo que los géneros nacen de nuestra pereza por entender una obra, es mas sencillo etiquetarla, eso nos hace sentir más cómodos, como en el cine, necesitamos saber si vamos a ver terror, o drama o comedia, porque creemos que algunos de esos géneros nos gustan unos mas que otros. Ahí radica, desde mi punto de vista, el error de los géneros: los utilizamos como baremo para medir lo que nos gusta o no cuando la realidad es otra. Una buena novela lo es o no lo es, independientemente del género. Y lo es o no lo es en una medida subjetiva.

Pero, una vez más, estoy equivocado: los géneros existen, claro que sí. Leyendo una recopilación de ensayos y conferencias del autor Neil Gaiman titulado “La vista desde las últimas filas”, en una de sus conferencias (“La pornografía de género o el género de la pornografía”) argumenta sobre los géneros literarios. Y, de paso, nos da una bofetada (con razón) a todos aquellos que argumentamos que los géneros son un inconveniente mas que una ventaja.

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“¿Qué es un género? Bien, podríamos empezar con una definición práctica: es algo que te indica dónde tienes que buscar en una librería o en un videoclub, si es que todavía existe alguno. Te dice adónde ir. Dónde buscar. Eso es cómodo, hace la vida más fácil. Hace poco, Teresa Nielsen Hayden me explicaba que en realidad los géneros no te dicen dónde buscar, dónde ir. Te dicen qué secciones no tienes que molestarte en visitar. Una afirmación que me pareció asombrosamente intuitiva.

Hay demasiados libros ahí fuera. Así que lo que se pretende es facilitar la tarea a la gente que los ordena y a la que los busca, acotando los lugares en los que van a buscar. Les dices dónde no deben buscarlos. Así de sencilla es la clasificación por secciones de las librerías. Te indica lo que no tienes que leer.

El problema es que la ley de Sturgeon —que afirma que cerca del «90 por ciento de cualquier cosa es una mierda»— se puede aplicar a los campos de los que yo entiendo algo (al de la ciencia ficción, al de la literatura fantástica, al de la literatura de terror, la literatura infantil o la literatura de ficción, el ensayo y la biografía más populares) y estoy seguro de que también se puede aplicar a las secciones de las librerías que nunca frecuento, desde los libros de cocina a los romances sobrenaturales. Y la ley de Sturgeon tiene un corolario que afirma que el 10 por ciento de cualquier cosa se puede situar entre lo bueno y lo excelente, con un poco de imaginación. Esto es válido para toda la literatura de género.

Y dado que la literatura de género es incansablemente darwiniana —los libros vienen y van, muchos caen en un olvido injustificado, muy pocos se recuerdan injustamente—, la renovación de existencias tiende a quitar de las estanterías el 90 por ciento de la escoria para sustituirlo por otro 90 por ciento de escoria. Pero de esa manera —al igual que sucede con la literatura infantil— se va acumulando un canon fundamental que tiende a ser increíblemente sólido.

La vida no respeta las reglas de los géneros. Pasa con facilidad o con dificultad de la telenovela a la farsa, del romance de oficina al drama médico, del género policíaco a la pornografía, a veces en cuestión de minutos. Cuando me dirigía al funeral de un amigo, un pasajero del avión abrió de un cabezazo uno de los compartimentos superiores, y todo lo que había en su interior le cayó encima a una desgraciada azafata, en la comedia circense mejor interpretada y medida que he visto en toda mi vida. Una espantosa mezcla de géneros.

La vida da bandazos. Los géneros literarios ofrecen cierta previsibilidad sujeta a una serie de restricciones; pero, una vez aceptado esto, uno debe preguntarse: «¿Qué son los géneros?». No dependen del tema. No dependen del tono.

Un género, siempre me lo ha parecido, consiste en un conjunto de suposiciones, un contrato flexible entre el creador y el público.

A finales de los años ochenta, una estudiosa del cine norteamericana llamada Linda Williams escribió un excelente estudio sobre el porno duro titulado Hard Core. Power, Pleasure and the «Frenzy of the Visible» [Hard Core: el poder, el placer y el «frenesí de lo visible»], que leí de joven más o menos por casualidad (trabajaba como crítico literario, y un buen día apareció en mi mesa y me tocó escribir una reseña sobre él) y que hizo replantearme todo lo que creía saber sobre la definición de género.

Sabía que algunas cosas eran distintas de otras, pero no sabía por qué.

En su libro, la profesora Williams sostiene que para entender las películas pornográficas lo mejor es compararlas con los musicales. En los musicales aparecen diferentes tipos de canciones —solos, duetos, tríos, coros completos, canciones que le canta un hombre a una mujer, una mujer a un hombre, baladas, canciones rápidas, canciones alegres, canciones de amor— y, en una película porno, uno encuentra diferentes tipos de situaciones sexuales que es necesario representar.

En un musical, la finalidad de la trama es llevar al espectador de canción en canción, y evitar que todas las canciones sucedan al mismo tiempo. Lo mismo ocurre con las películas porno.

Y, por otra parte, lo más importante es que en un musical lo que busca el espectador… bueno, no son las canciones únicamente, es el musical en conjunto, con su historia y todo lo demás; pero, si no hubiera canciones, se sentiría engañado. Si uno asistiera a un musical sin canciones, saldría con la sensación de que le han dado gato por liebre. Sin embargo, es imposible que, después de ver El padrino, por ejemplo, uno piense: «Vaya, no había ninguna canción».

Si las quitas —las canciones de un musical, las escenas sexuales de una película porno, los tiros de las películas de vaqueros—, estás quitando lo que la gente busca. La gente que se acerca a ese género, en busca de eso, se sentirá engañada, estafada; sentirán que lo que han leído o experimentado ha vulnerado, en cierto modo, las reglas.

Y cuando comprendí eso, comprendí algo mucho más importante: fue como si de pronto se me hubiera encendido una luz en la cabeza, porque había encontrado la respuesta a una pregunta fundamental que me planteaba una y otra vez desde niño.

Sabía que había novelas de espías y que había otras novelas en las que aparecían espías; libros de vaqueros y libros que se desarrollaban en el Oeste americano. Pero hasta entonces no sabía cómo diferenciar unos de otros. Ahora sí. Si la trama funciona como un mecanismo que te permite pasar de una escena a otra, y si el espectador o el lector se sentirían engañados sin esas escenas, entonces, sea lo que sea, es una obra de género. Si la finalidad de la trama es llevarte del vaquero solitario que llega a la ciudad al primer tiroteo, del robo de ganado al enfrentamiento, entonces es un libro o una película de vaqueros. Si esos episodios van sucediendo sin más, integrados en una trama que puede funcionar perfectamente sin ellos, entonces es una novela ambientada en el Oeste.

Cuando todos los sucesos forman parte de la trama, si el conjunto en su totalidad es importante, si no hay ninguna escena cuya misión sea llevar al público al siguiente momento que el lector o el espectador considera que es aquello por lo que ha pagado, entonces es una historia, y el género es irrelevante.

El género no depende del tema.

Ahora bien, para un creador, el género tiene la ventaja de que sabes a qué juegas y conoces a tu adversario. Puedes contar con una red y hay unas reglas del juego. A veces, incluso, puedes echarle pelotas.

Otra ventaja del género, para mí, es que te permite conceder prioridad a la historia.”

La temperatura a la que arden los libros

El estreno de la nueva (y decepcionante) versión de “Fahrenheit 451” en la cadena HBO me ha llevado a recordar la versión de François Truffaut que rodó en 1966 (el año en que nací). Respecto a la nueva TV movie, únicamente decir que ni tiene la calidad a la que nos ha malacostumbrado la HBO, tampoco de la genialidad que imaginó Truffaut y aún menos de la novela de Ray Bradbury.

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Michael Shannon (izquierda) y Michael B Jordan (derecha) en una escena de la nueva adaptación de la novela

Todo viene de la novela que Bradbury escribió en 1954, avanzándose (como siempre hacía) a todo y a todos. Recuerdo haber leído la novela porque vi la película de Truffaut, cuyas escenas me fascinaron sin entender el motivo, con la música de Bernard Herrman sonando a todo volumen mientras Guy Montag (interpretado por un hipnótico Oskar Werner) iba colgado del camión de bomberos.  Poco después me hice con la novela para descubrir, con sorpresa, que la novela era aún mejor que aquella maravillosa película.

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Cyril Cusack (izquierda) y Oskar Werner (derecha) en una escena de la adaptación de François Truffaut.

¿Pero por qué me fascinó tanto “Fahrenheit 451”? Porque habla de libros, claro, aunque lo hace desde la desesperanza de un futuro donde consideran peligrosa a la palabra escrita, el peligro de permitir que pensemos por nosotros mismos o de que alguien nos abra la mente. Es por eso mismo que lo que propone la historia es que, en ese futuro cercano, los bomberos ya no apagan fuegos, sino que los provocan para quemar todos los libros que encuentran. Fahrenheit 451 es el nombre de esta peculiar brigada de bomberos, aunque también es la temperatura a la que arde el papel (238 grados centígrados).

“Un libro en manos de un vecino es como un arma cargada.” dice uno de los personajes, en la novela.

Olvidados de la nueva versión de la HBO, incluso olvidad la obra maestra de Truffaut. Simplemente coged entre vuestras manos la novela “Fahrenheit 451” y leedla permitiendo que Bradbury juegue perversamente con vosotros, haciéndoos creer que, como en la historia, ahora sois unos delincuentes que estáis haciendo algo prohibido y necesario: leer un libro.

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Lecturas para un accidentado (3): “Edicto Siglo XXI” de Dan Simmons

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“Edicto Siglo XXI” es una de esas novelas de ciencia ficción clásica con una importante carga de crítica política y social (fué publicada originalmente en 1972), cercana a otras novelas como “1984” (George Orwell, 1950), “¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!” (Harry Harrison, 1966), “Fahrenheit 451” (Ray Bradbury, 1953) o “Un mundo feliz” (Aldous Huxley, 1932) donde los autores escogen una ficción cercana y realista, convirtiendo la hipótsesis del futuro en un escenario que al lector le parece casi presente (o un presente cercano). Aquí el conflicto deviene de la superpoblación, en el momento en que los (nuevos) gobiernos globales dictan un edicto donde prohiben el nacimiento de nuevos niños durante los siguientes treinta años.

Lo curioso de la propuesta de Max Ehrlich es que no se limita a usar esta premisa como excusa para construir un thriller futurístico (donde la rebelión individual es el leitmotiv) sino que, de forma satélite nos lanza otras interesantes ideas entre las que se cuentan el caso de utilizar las calorías que consumimos a modo de moneda, la imposición del amor libre, la venta de robots-bebé para suplir las carencias emocionales de las mujeres a las que se les niega la maternidad, que los avances médicos hagan que la esperanza de vida se alargue más allá de los cien años (de ahí la superpoblación) o la muerte programada como una fiesta final y voluntaria. Todas esas ideas son propias de la novela social más que de la ciencia ficción, de ahí que la novela se convierta en una interesante ficción sobre el lugar hacia el que nos encaminamos como sociedad, o donde el autor, en 1972, creía que íbamos.

El estilo de “Edicto Siglo XXI” es el propio de la novela de la época, no es gran literatura sino literatura funciona obviando descripciones o emociones innecesarias, convirtiendo la novela en algo fácil de leer (apenas trescientas páginas). Puede que a algunos les parezca que tanto el estilo como el contenido de esta novela huela a “antiguo” y quizás sea así, pero casi toda la novela de ciencia ficción envejece bastante mal, sobre todo cuando la completas con multitud de detalles tecnológicos que has imaginado que sucederán pero que, a los pocos años, ya son caducos. De todas formas, como ejercicio de nostalgia, también de reflexión, podemos asegurar que esta serie B de las novelas de ciencia ficción social funciona perfectamente, tiene personalidad y los tiempos están bien medidos.

En 1972 se adaptó esta novela al cine con irregulares resultados. Por un lado, el guion era una adaptación ejemplar de la obra de Max Ehrlich pero por otro lado a principios de los setenta la tecnología cinematográfica no disponía de los medios necesarios para trasladar una historia tan compleja al terreno visual. Además, la dirección y el diseño de producción son desastrosos. Podéis encontrar la película en varias plataformas de video de Internet bajo el título de “Edicto Siglo XXI, prohibido tener hijos”.

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